Como todos los días entro a la cafetería donde suelo ir a comer.

Veo el reloj, es la 1:48 pm de un martes como cualquier otro. Tengo hambre.

Me siento en la mesa de siempre, entrando, al fondo del lado derecho. Mi lugar es la silla de la esquina viendo hacia la entrada.

Acomodo mi bolsa sobre la silla de al lado, pongo mi celular y mi libro sobre la mesa y echo un vistazo alrededor.

En la barra hay dos tipos sentados. Uno de ellos, de cabello entrecano y rizado esta a dos lugares de la caja registradora, tiene puesta la vista en su celular. A juzgar por el vaso, la lata de Coca Cola y el par de servilletas sucias creo que acaba de comer y esta a punto de irse.

El otro es un joven, sentado al otro extremo de la barra, espera su comida mientras lee el periódico. Lo sé porque tiene enfrente el pequeño cesto con totopos que te ofrecen mientras esperas tu platillo.

Se acerca la mesera a mi mesa y me toma la orden.

Siempre hay 3 meseras. Todas vestidas de jeans y playera roja con el logotipo de la cafetería. Todas con el cabello recogido en un chongo o una trenza, todas morenas y chaparritas. Me parece ver a dos personas en la cocina y un muchacho que entra y sale para llevar los pedidos a domicilio.

Creo que es la primera vez que observo con detenimiento el movimiento del lugar. Me doy cuenta que no hay una gama de colores que predomine. Por ejemplo, las mesas son azules, las sillas tienen los respaldos y los asientos rojos, el resto también azul. El piso es de un azulejo gris opaco. ¡Las paredes! No me había dado cuenta que las paredes del lado contrario a mí son amarillo chillante y las vistas de los marcos son ¡verde perico!

La otra pared detrás de la barra de café y las que llevan a la cocina están pintadas de color rosa mexicano y tienen unos tejados decorativos color ladrillo que sugieren el folclor de las casitas pintorescas mexicanas. Ah pero si miro mas arriba me doy cuenta que el lugar tiene todas las instalaciones a la vista, de una manera muy modernista que contrasta por completo con la decoración del lugar. Los grandes conductos de aire son de un azul eléctrico y todas las demás instalaciones eléctricas de su distintivo gris original. Afortunadamente entra mucha luz natural ya que el lado que da hacia la calle tiene  unos grandes ventanales. Por esa razón en toda la cafetería solamente hay tres cuadros. Uno a la entrada detrás de la caja, con unos tulipanes pálidos, otro más grande a un costado de la cocina con unos alcatraces estilo mexicano y al fondo una reproducción de uno de los cuadros de girasoles de Van Gogh. Es decir, el lugar no es ningún Starbucks. Lo único que me llevaría a mi casa son estas lámparas de vitrales multicolores que cuelgan sobre las mesas. Estas sí que son lindas.

Aquí todos venimos por la comida del día. Siempre tienen dos opciones, yo acabo de pedir el caldo de albóndigas, la otra opción no me apetece.

En cuanto se va la mesera acerco mi libro. Estoy a punto de ponerme a leer cuando me percato que casi toda la gente que acude a este lugar lo hace con la misma intención que yo, a comer ensimismada y nada más.

Entonces observo al resto de los comensales.

En la mesa que esta frente a mí están dos jovenes conversando, uno frente a otro. Creo que hablan de cosas de oficina mientras toman sus alimentos. Uno me da la espalda, el otro se ha dado cuenta de que trato de escuchar de que hablan, giro mi cabeza hacia el otro lado. De reojo me doy cuenta que lo que come es un plato de albóndigas, se ven apetitosas.

En la mesa del centro hay una mujer leyendo un libro. Frente a ella hay una pequeña taza sobre un pequeño plato. No alcanzo a distinguir si su taza esta llena o vacía, si lo que bebe es té o café. Me gustaría saber que lee, se ve completamente absorta. Es una mujer delgada, de hombros estrechos. Tiene el cabello castaño y lo trae recogido en un modesto chongo a la altura de la nuca. Se ve un poco mayor. Su vestimenta es sobria.

Junto a los ventanales en la mesa del centro hay un señor obeso en ropa ejecutiva comiendo. Él tiene la mirada puesta en el video musical que pasan en la televisión. Observo la escena. Una chica semidesnuda frente a un hombre totalmente vestido. Él le canta una letra nefasta a un ritmo aún más nefasto.

La verdad es que me parece un buen lugar para comer, apenas a cuadra y media de la oficina, sirven comida tipo casera, a buen precio y el servicio es rápido pero detesto que siempre que vengo hay que soportar la música de los videos de reggaeton. Definitivamente, lo mejor es traer algo con que distraerse, el periódico, un libro o al menos el celular.

Me han traído mi ración de totopos y como ya me conocen también me traen un vaso de agua natural con hielo. Levanto el vaso. Acerco el popote a mis labios y doy un trago.

Abro mi libro y me dispongo a leer.

 

2 comentarios en “Día 12. Desde la mesa de siempre.

  1. Qué bonito! Ya hasta hambre me dio. Y sí, he comido solo infinidad de veces; igual sabe rico el alimento, y es tiempo para disfrutarse de modo muy personal, y como tú, me da por observarlo todo, o todo lo que puedo y que me parezca atractivo, y si no pude leer el libro, pude leer miradas y actitudes o con calma pude (como tú) ver la intensidad de los colores que me rodean o encontrar… mayor intensidad o sabor en la comida que tengo enfrente.

    Saludos, amiga!! Me gusta leerte!

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