Tengo tiempo con el sentimiento aquí atorado.

Es como un nudo en la garganta o como una sensación de congoja permantente, que no se va.  Pienso que son ganas de llorar.
Pero, no se porqué no he encontrado ni el tiempo ni el espacio.

Por ejemplo, en un día como hoy, suena el despertador a las 5:30 de la mañana. En cuanto lo escucho abro los ojos, veo el celular y pienso “¿Lloro ahorita o me duermo otros 15 minutitos más?” Y termino escogiendo dormir más, “para llorar aún queda el resto del día”.

En cuanto dan las 5:45 me levanto corriendo directo a la regadera. Y ahí, como que no es el lugar mas idóneo. Quisiera llorar sin tener que estar haciendo nada más. Y si dejo de bañarme para estar llorando se me hace tarde, vuelvo a dejarlo para después. Mejor utilizo ese valioso tiempo en pensar que ropa me voy a poner.

Saliendo de bañarme, me visto, me peino, o bueno, para ser precisos dejo mi cabello presentable, porque solamente lo desenredo, hago el partido derechito, me lo aplaco con algun menjurge para cabellos como el mío y ¡listo! Bajo a la cocina para prepararme un cafe y algo que llevar de desayuno a la oficina. En eso se me dan las 6:30, hora de despertar a mi niño de su dulce sueño.

Subo las escaleras y entro a su cuarto a darle mil besitos. Se despierta, le cambio de ropita mientras jugamos y platicamos y en cuanto está listo ¡Vamonos! ¡Hora de irnos a la escuelita mi amor!

Ya en el camino hay que entretenerlo. El trayecto es de 1 hora y hay tramos donde el carro apenas avanza, así que no hay tiempo de pensar en tristezas y mucho menos cuando estoy con él. Cantamos juntos  la canción del Cocodrilo de la cueva, o Soy una taza, o me pongo a preguntarle ¿cómo hace cada animalito? Y el me va contestando, la vaca muuu, el perro wau wau, el gato miauu, el pato cuac, y así se nos va el tiempo jugando y riendo.

Llegamos a la escuelita, le doy muchos besitos, lo acompaño hasta su salita y salgo corriendo rumbo a la oficina pendiente de como avanzan los minutos. Mi jefe ya me la sentenció que ya no quiere que llegue tarde, así que voy jugando competencias con el reloj a ver quien gana, mi meta es llegar a las 8 en punto. A veces gana el reloj, a veces le gano yo. Despues de checar y ya sin tanta prisa tomo el elevador. Se abre en el octavo piso y entro saludando a Leslie y a Alejandra.
Camino hasta mi oficina, donde seguro me espera una fila de pendientes. Diciembre es el mes mas pesado para nosotros en Ventas, hay muchísimos pedidos que atender. A veces, sobre todo si ese día fue uno de esos en que se me hizo tarde, sí me siento muy desanimada y es cuando pienso “este sería un buen momento para ponerme a llorar, con las ganas que hace tiempo traigo” pero,  los clientes no dan chanza. En cuanto me siento en mi escritorio empieza a sonar el teléfono, empiezan a llegar los correos, los pendientes, los pedidos, las entregas que hay que hacer y rápido termino por olvidarme de la idea. Además siempre he pensado que en el trabajo no se chilla y creo que es muy tarde para cambiar de opinión.

Y así, cuando menos me doy cuenta ya se acerca la hora de salir a comer. Esa es una de las ventajas de tener tanto trabajo, que por algunas horas puedes olvidar que te sientes como un bote pateado, que no sabes que va a ser de tu vida, que todo es incertidumbre, que tienes miedo, en fin… que tus sueños una vez más se han visto frustrado.

Pero si con esta pausa empiezo a pensar que ahora es el momento, rápido mi estómago  me avisa que eso de llorar puede esperar, ahorita es hora de comer.

Salgo rumbo al lugar de siempre, con mi bolsa al hombro, un libro y mucha hambre.

Ya estando en el restaurante, entre tanta gente desconocida, también hay que descartar la idea. Tampoco soy una exhibicionista, una tiene cierto pudor para esas cosas. Además, comer y llorar no son actividades compatibles. Lo mejor sera posponerlo hasta mas tarde.

Tomo mis alimentos como una persona normal, leo un rato y me regreso a la oficina.

Estando ahí, empieza de nuevo la rutina. Llamadas, correos, pendientes, pedidos y entregas. Hay que darle solución a muchos problemas.

Y de pronto, ¡ya son las 6 de la tarde!.

Salgo corriendo para ir por mi niño a la escuelita. No me gusta llegar tarde por él, sé que me está esperando, que quizás está cansado de estar todo el día ahí sin su familia. Así que en cuanto lo veo lo beso y lo abrazo, nos vamos felices al carro y de nuevo, como en la mañana nos ponemos a cantar y jugar en el camino para hacer el trayecto mas llevadero.

Aproximadamente a las 7 de la noche llegamos a casa.

Le preparo algo ligero de cenar y me siento a su lado para acompañarlo.

Después nos vamos a su cuarto a jugar un ratito, por lo general correteamos o brincamos en su cama. Luego lo baño, lo arropo en sus toallas y nos vamos a mi cuarto para ponerle su pijama. Lo peino. Y ya sea su papá o yo lo acompañamos a dormir. Esta vez lo acompañó su papá.

Entonces bajo y ceno algo y mientras lo hago me doy cuenta que ya se me fue otro día.

Es un momento en que la casa está toda en silencio. No hay distracciones. Quizás este sería el momento preciso para llorar, pero luego ¿a qué horas escribo? No, nada de eso. Entonces una vez más lo dejo para después, prendo la computadora y me pongo a escribir acerca de lo que traigo en mente. Esta actividad me puede tomar una hora, a veces hasta dos.

Después, por lo regular ya es demasiado tarde para eso. Solo quiero prepararme para irme a dormir. Termino cansadísima en mi cama pensando que otra vez no quedó tiempo para llorar, quizás mañana….

Ahora sólo necesito descansar.

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