edificio

No recuerdo exactamente el día pero sí que fue en septiembre.

Lo sé porque mi relación con el padre de mi hijo había terminado y estábamos a punto de separarnos. Por aquellos días imaginar qué iba a ser de mi vida ocupaba gran parte de mis pensamientos. Todo estaba a punto de cambiar.

Ese día tenía una entrevista de trabajo. La cita era a las 4 de la tarde en aquel imponente edificio de zona río, el más alto y moderno.

Pedí permiso en mi trabajo para salir temprano.

Imprimí mi curriculum, lo arreglé en un folder color vino que yo misma hice específicamente para la ocasión y salí.

En el carro aguardaba mi elegante portafolio negro donde una noche antes había terminado de arreglar estratégicamente todas las impresiones de mis proyectos más relevantes. Mis mejores diseños estaban ahí.

Todo indicaba que lo que tenía frente a mí era una gran oportunidad. Me sentía nerviosa.

Mientras manejaba empecé a reflexionar en todas las circunstancias que habían jugado para que aquello sucediera.

Precisamente tres semanas antes, después de haberlo pensado durante meses, por fin empecé a tomar acciones para aprender todo lo referente al diseño de sitios web. Había comprado aquel libro “Websites for dummies” y todas las noches dedicaba un rato a leer y practicar algunos ejercicios en mi computadora. Tenía muchas dudas y aún no sabía gran cosa pero  estaba muy entusiasmada. Tampoco conocía a alguien que supiera hacer todo eso, a quien poder consultar. Nadie más en la agencia donde trabajaba parecía interesarle aquello, pero a mi sí. Me cautivaba pensar que todo lo que pudiera poner en internet inmediatamente sería accesible a cualquier persona en cualquier parte del mundo. Ninguno de los proyectos que hasta entonces había diseñado podían tener esa proyección.

Después vino el encuentro del martes.

Esa tarde después de salir de la oficina, todos los compañeros nos fuimos a tomar unas cervezas al Sótano Suizo.

Ahí me encontré a Juan Blancarte. Habíamos sido compañeros de trabajo, ¿hace cuánto? ¡Nada menos que 9 años! Lo que teníamos sin vernos. Realmente cómo no reconocerlo si el tipo es pelirojo, no hay muchos como él. Nos conocimos en aquella modesta empresa de telefonía ubicada en un rincón del centro de la ciudad. El era técnico, instalaba conmutadores y otros equipos, yo era la secretaria que trabajaba por las tardes mientras por la mañana estudiaba en la universidad. Siempre nos llevamos bien. Incluso recordé que en aquel tiempo se había casado y fui a su boda.

Esa noche nos encontramos en aquel bar. Yo estaba en una mesa con mis amigos y  él estaba en la mesa de la esquina, al fondo, con otros dos hombres. Primero nos vimos de lejos y nos sonreímos pero más tarde cuando vio que me despedía de mi grupo y caminaba rumbo a la salida me abordó amablemente. Entre las cosas que conversamos me preguntó si ya era toda una diseñadora gráfica. Le conté que sí, y que trabajaba en una agencia de publicidad muy reconocida, la mejor agencia de Tijuana. También me preguntó hace cuánto había salido de la universidad y si me gustaba mi trabajo. La conversación, aunque breve, fue tan amena que terminé contándole que ahora mismo estaba muy entusiasmada aprendiendo por mi cuenta a hacer páginas web. El internet me tenía fascinada.

-“¿De verdad? – se sorprendió – Yo estoy ahora en una ISP. Precisamente es lo que hacemos y andamos buscando a alguien como tú”.

Francamente yo no sabía qué era eso que había dicho de ISP. Pero me intrigó la última parte de su frase. “¿Alguien como yo?”- Le pregunté.

– Sí claro, necesitamos una diseñadora de sitios web en la empresa.

– Lástima Juan. Me encantaría pero como te digo, apenas empecé a aprender por mi cuenta.

Mira, – me dijo – te conozco y no dudo que seas una excelente diseñadora. Si realmente quieres aprender te ofrezco este trabajo, nosotros te capacitamos. Toma mi tarjeta y llámame mañana.  Ahora sí, te dejo que te vayas. Me dio gusto saludarte.

Me dio un beso en la mejilla y dio la media vuelta para regresar de nuevo a su mesa. Yo me fui a mi casa asombrada por aquel fortuito encuentro. Intrigada por sus palabras.

Efectivamente, al siguiente día encontré el momento de llamarle.

Por teléfono me explicó que la empresa donde trabajaba era proveedora de servicios de internet y entre estos servicios estaba un área de diseño de sitios web. Tenían tiempo buscando una persona que pudiera hacer esto y él estaba encargado de llenar esta vacante. Como era muy directo me preguntó cuánto ganaba y yo como era muy ingenua le dije la verdad. A lo que contestó “Perfecto, si te interesa aprender y ganar más dinero ¿qué te parece si vienes el viernes por la tarde a una entrevista?”.
Nos pusimos de acuerdo con los detalles y colgamos. Yo no lo podía creer. Desde ese momento empecé a cuestionar si realmente estaba dispuesta a dejar mi trabajo en la agencia de publicidad. Porque lo que le dije había sido cierto, era la más reconocida de la ciudad. Los mejores clientes en el medio los teníamos nosotros. Si bien mi sueldo era paupérrimo, el prestigio de la empresa pesaba en cualquier curriculum, de igual manera los proyectos que hacíamos.

También me arrepentí de haberle confesado exactamente lo que ganaba. Pero, ¿era aquello una cuestión de dinero o realmente me movía el deseo de aprender a diseñar para el internet?

Claro que también estaba mi situación personal. Sabía que me esperaban meses difíciles económicamente con mi inminente separación. ¿Como iba a afrontar los gastos de vivir sola con mi hijo? Tener un mejor sueldo seguro ayudaría.

Esto llenaba mi mente de preguntas cuando por fin llegué al edificio. Seguí las instrucciones que Juan me había dado, bajé hasta el segundo sótano buscando el lugar indicado para estacionarme y apagué el carro.  Faltaban escasos minutos para las 4 de la tarde. No era mi primer entrevista de trabajo, pero sentía como si lo fuera.  Presentí que algo importante iba a pasar. Estaba en el umbral de algo….

Continúa aquí

 

 

Un comentario en “Día 20. En el umbral

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