Leer Capítulo 1 aquí

Capítulo 2

websites

Bajé del carro, me acomodé la falda, saqué del asiento de atrás el enorme portafolio negro de piel y caminé hacia el elevador.

Mi teoría es que no importa la fachada de un edificio, cuando te subes al elevador, si pones atención a los detalles, éste te dice todo lo que quieras saber de la clase de empresas que están ahí. Así que una vez en él, observé espejos, botones, iluminación y piso, todo confirmaba que estaba en un edificio de lujo, buena señal. Miré mi imagen en el espejo, sujeté fuerte mi portafolio y sonreí nerviosamente.  El elevador se detuvo y abrió en el piso 9. Frente a mí, un muro de cristal con una pequeña placa dorada con el nombre de la empresa indicaba que había llegado. Al acercarme, las puertas de cristal se abrieron automáticamente.

Pasé a la amplia recepción donde dos amables señoritas me dieron la bienvenida detrás de un enorme escritorio circular de madera color café oscuro. Después de anunciar que buscaba al ingeniero Blancarte me invitaron a sentar en alguno de los amplios sillones de piel que se encontraban a los costados de aquel vestíbulo.  Acepte tímidamente. Por un momento dudé acerca de mi vestimenta. Aquellas jóvenes se veían mucho mejor vestidas y arregladas que yo, estaban guapísimas, parecían modelos. Sentí un enorme hueco en el estómago. Vi que una de ellas anunció mi llegada por teléfono. Esperaba que Juan saliera a recibirme y que su presencia me hiciera sentir un poco mejor pero no fue así. Después de varios minutos de espera apareció una joven alta, delgada, vestida como ejecutiva y preguntó por mí.  Al levantarme del sillón me extendió la mano, nos saludamos y me invitó a seguirla. De verdad que era alta. Me sentía chiquita detrás de ella. Caminamos por un pasillo hasta que llegamos a la última oficina del lado derecho. Se paró a un lado del marco de la puerta y con un ademán me indico que podía entrar.  Lo primero que vi fue a Juan. Se dirigió hacia mí sonriendo, mencionó mi nombre y apellido y me extendió la mano en un gesto cálido pero mucho más formal que la vez de nuestro encuentro. Inmediatamente se paró la persona que estaba sentada detrás del escritorio. Era un hombre cuya edad no sabría calcular, de tez morena clara, estatura mediana, cabello negro y bigote pronunciado. Entonces Juan me lo presentó diciendo que era el Ingeniero Manuel Mora, Director de Operaciones. La joven ejecutiva entró detrás de mí, cerró la puerta y me invitaron a sentar. La oficina era muy amplia, tenía un estilo sobrio muy elegante, decorada en tonos grises y cafe e iluminada con luces redonditas en el techo. Todo en ese lugar era grande. El escritorio, la sillas ejecutivas negras, el monitor de la computadora, los sillones de piel color hueso, el cuadro de arte abstracto en uno de los muros, pero sobre todo, una larga mesa de juntas y las sillas que estaban a sus costados. Juan y el Ing. Mora se sentaron directamente frente a mí y la ejecutiva a mi lado.

Entonces Juan habló de cómo nos habíamos conocido trabajando juntos y que ahora que nos habíamos reencontrado yo ya era diseñadora gráfica, justo lo que estaban buscando para diseñar páginas web. Yo confirmé sonriendo, sin embargo también aclaré que respecto al diseño de páginas web eso era algo que apenas estaba aprendiendo.

A partir de ahí el Ing. Mora tomó la palabra para hacerme preguntas. ¿En qué universidad había estudiado? ¿En que año había egresado? ¿Dónde trabajaba actualmente? ¿Qué hacía ahí? ¿En qué otras empresas había trabajado? ¿Por cuánto tiempo? Yo estaba congelada, ya que su estilo era muy serio y directo. Así que una tras otra me limitaba a contestar todas esas preguntas lo mejor que podía sin tartamudear, tratando de leer en su rostro alguna expresión que me dijera cómo iba. Juan ocasionalmente hacía comentarios aprobatorios a lo que yo decía. Sin embargo el Ing. Mora simplemente me observaba fijamente poniéndome muy nerviosa. Entonces recordé que traía mi super portafolio negro como acompañante y lo puse sobre la mesa. Haciendo un esfuerzo por verme en total control de la situación lo abrí y empecé a hablar de los proyectos más relevantes en los cuáles había participado, tanto de diseño gráfico como publicitarios, mostrando hábilmente en cada pausa que hacía, las imágenes de cada uno de ellos. Se acercaron el portafolio, levantaron las cejas al mismo tiempo y se miraron entre sí. Luego Juan y el Ing. Mora hicieron un par de preguntas que respondí con mucha seguridad. Aquel tema lo dominaba muy bien.

Después de exponer mi trabajo, y al darme cuenta que les había causado una muy buena impresión me relajé un poco recargándome por completo en el alto respaldo de la silla que ocupaba. Entonces la conversación giró en torno a sus necesidades. Tanto el Ing, Mora como Juan me explicaron que la empresa ofrecía servicios de internet desde hace algunos años, que tenían un área de servicio que requería de una persona con buen gusto para diseñar y gran habilidad para realizar sitios web. De lo primero, respecto a mí ya no tenían ninguna duda, cubría perfectamente este requisito pero querían saber si la parte de los sitios web era algo que realmente me interesara dominar al 100%. Con el primer comentario me sentí  triunfante, tomé mas confianza en la situación y sinceramente les dije que de sitios web sabía muy poco pero que estaba ahí porque tenía mucho interés por aprender. Trabajar en publicidad y diseño era algo que me había dado muchas satisfacciones pero que sentía que el siguiente paso para mi crecimiento profesional era incursionar en el área del internet y los medios electrónicos.

Se quedaron pensativos un momento.
-¿Y cuánto tiempo crees que te tomaría aprender? – Me preguntó el Ing. Mora
– Francamente no lo se, contesté. Depende del tipo de capacitación y el tiempo que le dedicara a esto.
– Nosotros estamos dispuestos a enseñarte. Te pagaríamos el doble de lo que ganas actualmente si realmente te comprometes a aprender pronto.
Mi corazón empezó a latir muy rápido de la emoción. Aquella oferta era mucho más de lo que hubiera imaginado. Al parecer ya tenían listo lo que iban a ofrecerme. Traté de controlar mi expresión facial para que no se dieran cuenta que algo dentro de mí brincaba de alegría.
– Necesitaríamos que para diciembre pudieras armar completamente un sitio web, yo me encargaría de poner a una persona para que te capacite directamente. Si entregas este primer sitio de forma satisfactoria podríamos hablar de una evaluación de tu trabajo y entonces negociar un aumento de sueldo, pero si no es así, rescindiríamos de tus servicios. Son prácticamente 3 meses a prueba.

“¡Dijo ¿AUMENTO DE SUELDO?!” pensé aún más emocionada.

-Y la capacitación, la tomaría aquí en la empresa ¿verdad? – contesté.

-Es correcto. – Contestó el Ing. Mora. -Claro que tendrías que empezar inmediatamente. ¿Podrías?

-Si me dan al menos una semana para dejar mi actual trabajo, claro que sí. Contesté asintiendo también con la cabeza sin pensármelo dos veces.

Todos se miraron entre sí. La ejecutiva aclaró su garganta y cambio su postura cruzando la pierna. El ingeniero puso los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos de sus manos, seguía mirándome fijamente. Juan se recargó en el respaldo de su silla sonriendo. Fue él quien rompió el silencio:

– Solo que, tenemos una última pregunta que hacerte. La pregunta del millón.

– ¿Si?

-¿Tendrías algún problema en diseñar sitios pornográficos? – continuó Juan. -Tenemos un cliente muy importante en Estados Unidos que nos solicita estos servicios. ¿Crees que podrías trabajar con este tipo de material?

Estaba muy consciente que los tres me miraban a la expectativa. Sentía el peso de la pregunta cayendo sobre mí a gran velocidad esperando que la tomara inmediatamente para darle respuesta. ¿Sitios pornográficos? Acababa de descubrir las letras chiquitas. Mi mente era un remolino trabajando a mil por hora. Aun así la propuesta seguía siendo buena. Solo que tendría que trabajar con… pornografía. Tampoco era algo que me asustara mucho. Mi mente procesaba las cosas sopesando los pros y contras en milésimas de segundos. Sentía que mis neuronas corrían de un lado a otro chocando entre sí sin saber que responder.

No sé de donde saqué el aplomo y la seguridad para no parpadear.  Tomé una postura muy seria y después de unos segundos dije:

-No tendría ningún problema siempre y cuando el tratamiento que se diera a mi persona y a mi trabajo fuese estrictamente profesional.

– Si claro, así sería. – contestó inmediatamente el Ing. Mora. Tu trabajo sería bajo mi supervisión únicamente. En un ambiente de respeto y discreción.

Y todavía, hice la siguiente aclaración:
– Tampoco estaría dispuesta a trabajar con pornografía infantil ni zoofilia.
Despues aprendí que existe infinidad de parafilias más que me parecen repulsivas, pero, en aquel momento yo era aún muy ingenua, nombré estas porque eran las únicas que conocía.
-Claro que no. De ninguna manera se trata de eso.- repuso Juan.

-Perfecto, si estás de acuerdo. Entonces, ¿qué día podrías empezar? – agregó el Ing. Mora.

Terminamos definiendo los detalles de mi ingreso, horario y otras cuestiones meramente laborales.

Minutos más tarde, saldría yo de aquel edificio con el cerebro inundado de pensamientos, tratando de dimensionar exactamente lo que acababa de aceptar. Con una mezcla de felicidad, incertidumbre, regocijo y temor, imaginando qué carajos era lo que me esperaba en mi nuevo empleo.

Una cosa si tenía muy clara, estaba decidida a averiguarlo.

 

 

 

 

2 comentarios en “Día 21. Umbral

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s