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Si hay algo que disfruto como pocas cosas en el mundo es ir al cine.

Así que cuando paso mucho tiempo sin poder disfrutar de una gran sala llena de butacas y un montón de gente extraña me empiezo a sentir como si algo muy grave le faltara a mi vida.

Y no hablo de ver una película en particular. Para mí no se trata de ver algo en especial, a veces ni siquiera sé que es lo que hay en cartelera, yo extraño toda la experiencia.

El momento que entras al complejo y empiezas a percibir esa atmósfera tan especial. El murmullo de la gente, el aroma de la dulcería, el movimiento de todos en el lugar.

Los minutos de espera para comprar los boletos más los otros minutos de espera en dulcería, son la combinación perfecta para la anticipación perfecta. Porque para mí no hay cine sin palomitas. Habrá quien prefiera nachos, hotdogs, dulces, nieves o incluso ahora una variedad muy amplia  de café, comida gourmet y postres que puedes degustar. Pero yo en este aspecto sí soy muy conservadora, para mí nada se compara a un bote super grande de palomitas recién explotadas, aun calientitas, con mantequilla por favor.

Recuerdo que hace algunos años tuve una cita con algún galán de cuyo nombre ni siquiera tengo que inventar porque ya no me acuerdo. Después de una larga fila para comprar los boletos, y luego otra similar en dulcería mientras el olor de las palomitas me hipnotizaba inundando todos mis sentidos, cuando al fin las pedimos y las pusieron en el mostrador, mientras mi acompañante pagaba no pude resistir (bueno, la verdad es que nunca puedo resistir) y empecé a comer algunas cuantas. De pronto en mi voracidad varias se cayeron al piso, y sin un ápice de conciencia me agaché, tome una y me la eche a la boca, de la forma más natural.  Cuando me di cuenta de lo que había hecho mi acompañante me veía con la boca abierta, totalmente horrorizado. Entonces yo morí de la vergüenza. Creo que eso no lo he vuelto a hacer, más no podría jurarlo, la verdad.

De lo que si estoy conciente es que comprar en una dulcería de cine es definitivamente parte de la experiencia. Tengo la certeza de que a todos nos han pasado infinidad de cosas mientras esperamos en ese lugar. Tanto que cuando por fin damos los primeros pasos para entrar a la sala, con las manos ocupadas cargando con todos nuestros chuchulucos mientras sus aromas nos embriagan y empezamos a salivar llegamos al climax de la anticipacion.

Estar en una sala grande, entre tanta gente extraña, completamente a oscuras, esperando ver sabra Dios qué es todo un ritual de la sociedad de nuestros días. Uno que yo atesoro como pocas cosas.

Para mí la experiencia por lo regular siempre es buena. Incluso cuando la película es todo un fiasco aun así siempre hay cosas que se pueden disfrutar, claro, además de las palomitas. Es por eso que prefiero entrar a ver una película de la cual no sé absolutamente nada que otra que ha generado en mí expectativas muy altas. Prefiero una grata sorpresa a una decepción, siempre.

Claro que también uno pone de su parte. A mí por ejemplo no me gusta estar hablando mientras veo una película, y por supuesto tampoco me gusta ir con personas que les gusta la charla en el cine. Por esta misma razón prefiero ir con una o dos personas que con un grupo grande. Realmente trato de meterme de lleno en aquello que voy a ver. Esas dos horas nadie más existe. Mis favoritas son los dramas, me encantan. Después el suspenso, las comedias románticas y todo lo demás.

He ido infinidad de veces sola al cine. No me da ni miedo ni pena ni vergüenza admitirlo. En una ocasión, una pareja se sentó a mi lado, supongo que era un matrimonio joven. Antes que comenzara la pelicula algo se cuchicheaban. Después el esposo se dirigió a mi preguntando: “¿Verdad que usted viene sola?” Yo le contesté que sí. Entonces el se dirigió a su esposa diciendo: “¿Ves? Hay personas que vienen al cine solas. No tiene nada de malo.” La esposa puso cara de que yo era una rara y algo le dijo que ya no escuché. Yo, no supe que pensar, seguí comiendo palomitas.

Un tiempo, cuando seguramente tenia mucho tiempo, llegue a entrar a ver dos funciones seguidas. Es decir, pagaba mi entrada, veía una película, salía pagaba otra entrada y veía una segunda película. Si ahorita tuviera todo ese tiempo seguro volvería a hacerlo.

En resumen trato de vivir toda la experiencia. Me encanta el sentimiento de salir de la sala de un cine con la mente aún en todo aquello que acabo de presenciar. Como en las nubes. Aún resolviendo una trama difícil, aún explorando los motivos de los personajes, soñando con algun fantástico lugar, estremecida por lo desgarrador de un final, impactada por una gran actuación, relajada con todo lo que reí por una comedia o extasiada por un final feliz e inspirador. Y entonces sí, si mi acompañante tiene ganas de conversar puedo hablar por mucho rato de lo que acabamos de ver. Desmenuzar una buena película es bastante gratificante.

Soy una soñadora y para mi el cine es un lugar donde uno va exclusivamente a soñar. ¿Qué más puedo decir?

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