Leticia Cabrera es una de esas niñas que nunca dan problemas en el salón. Bien portada, inteligente y cumplida, regularmente se encuentra entre las 3 mejores de la clase.

De fino cabello castaño claro, sonrisa tímida y mejillas sobresalientes su fotografía invariablemente aparece en el “Cuadro de Honor de la Excelencia” del plantel de educación primaria del Instituto Progreso de Tijuana.

A Leticia le gusta mucho aparecer ahí, pero a veces se pregunta si le gusta por hacer feliz a sus padres, por seguir siendo la consentida de las monjas o porque significa competir aguerridamente con las otras niñas del salón para ganarse ese lugar.

En general le da muchas satisfacciones hacerlo, pero a veces, cuando ve lo divertido que se la pasan otros niños, que no estudian para los exámenes o que nunca llevan la tarea hecha y llegan a copiarla rápidamente sin que ningún maestro se de cuenta, se pone a dudar si no se estará perdiendo de algo mucho más divertido.

Su hermano Mauro es vivo ejemplo de eso. Van a la misma escuela, ella en cuarto año y él en tercero. Después de regresar a casa, quitarse los uniformes, comer juntos y ver un rato televisión ella se pone a hacer la tarea mientras él invariablemente sale a jugar con sus amigos. Curiosamente el siempre les dice a sus papás que no tiene nada que hacer “no me dejaron tarea” -son sus palabras- y como ellos le creen sin hacer preguntas,  entonces tiene toda la tarde libre, pero Leticia sabe que eso no es posible.

Un día, después de haber visto las caricaturas de costumbre, cuando vio que su hermano se preparaba para salir a buscar a sus amigos se armó de valor y sin pensarlo mucho decidió salir con él. Quería saber cómo era pasar toda la tarde de un día cualquiera sin mas preocupación que jugar.

“Pero Lety, ¿no vas a quedarte a hacer tarea?- le preguntó extrañada su mamá. “No mamá, hoy no me dejaron” -contestó ella rápidamente sin siquiera verla a los ojos, sabía que si lo hacía muy probablemente notaría que mentía. Si bien, se sentía un poco mal por haberlo hecho en cuanto vio a los niños y niñas de su cuadra preparándose para jugar a los “encantados” se le olvidó por completo.

Así pasaron las horas y justo a las 7 de la noche Mauro y Leticia regresaron. Les había dado tiempo de jugar a varias cosas y Lety estaba muy contenta de haber podido ver a sus amiguitas en una tarde normal.

Se bañaron, cenaron, prepararon sus uniformes para el día siguiente, besaron a sus padres y se fueron a dormir a su cuarto.

Mauro dormía en la cama de abajo, ella en la cama de arriba.

Después de un rato de dar vueltas y vueltas en silencio Leticia se dio cuenta que no podía dormir, su mentira de aquella tarde no la dejaba descansar.

Cambiaba de posición en su cama, apretaba los ojos fuerte pero nada funcionaba, no podía dejar de pensar en ello. A medida que pasaba el tiempo su preocupación iba en aumento y empezó a recordar hasta el más mínimo detalle todas las cosas que debía hacer para el día siguiente: “Investigar el significado de este listado de palabras” había dicho la maestra mientras escribía en el pizarrón, ella las había anotado todas, estaban en su cuaderno, esperándola. “También deben terminar estos ejercicios, de la página 30 a las 35” y ahí estaban un montón de ejercicios de su libro de español, en blanco. ¿Cómo iba a llegar sin la tarea hecha al día siguiente a la escuela? Lo único que se le ocurrió fue llamar a su hermano en la oscuridad de la noche,  pero no tuvo respuesta, el dormía profundamente.

¿Qué iba a contestar a la maestra cuando pidiera que le mostrara la tarea?  ¿Qué podía decir? Imaginaba que la reprendía severamente y sus calificaciones bajaban hasta el suelo. ¿Quién la iba a ayudar? Tan solo imaginar decirles a sus compañeros lo que había hecho la llenaba de vergüenza. ¿Ella? ¡¿Ahora del grupo de los burros?! Su preocupación se empezó a tornar en ansiedad y después  ya estaba sollozando.

¿En qué momento se le ocurrió que aquello de salir a jugar cuando tenía que hacer tarea había sido buena idea? ¿Cómo había pensado que ella podía hacer algo así?

Siguió llorando en la oscuridad de la noche sin dejar de hacerse muchas preguntas que solamente la mortificaban más.

De pronto la luz de su cuarto se prendió, era su madre. “¿Qué te pasa Lety? ¿Qué tienes?”

Con la cara mojada y los ojos arrugados contestó en voz baja que acababa de recordar que sí había tenido que hacer “algo” de tarea.

Su madre hizo un gesto de alivio y sonrió comprensiva “No te preocupes, ahorita la haces” le contestó. Sin hacer preguntas le ayudó a bajar de la litera y a sacar todo lo necesario. Con el rostro lleno de congoja la niña se sentó en su escritorio y empezó a realizar todo lo que supuestamente había olvidado. Su madre la acompañó un rato en silencio y después se retiró.

Cuando Leticia terminó, volvió a preparar su mochila, apagó la luz y regresó a su cama. Esta vez no tuvo problemas para dormir.

 

 

 

 

 

 

 

 

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