Definitivamente el primer hombre en mi vida fue mi padre.

La figura masculina más importante de mis primeros años.

No había alguien a quien yo amara, respetara, admirara o siguiera como a él.

Me gustaba jugar con él, bromear con él, complacerlo, obedecerle, agradarle, hacerlo sentir orgulloso.

Su tiempo, sus enseñanzas, sus historias, su compañía, sus palabras, sus juegos, sus consejos, sus bromas era lo que yo más atesoraba.

Si bien, nunca fue un hombre cariñoso, su dedicacion por la familia era algo latente y pilar de nuestro hogar. Sus muestras de amor se limitaban a una palmada en el hombro o un gesto jugueton, nada más.

Siempre responsable, puntual, trabajador, creativo, juguetón, bromista, sensible, muy formal pero también muy alegre y bailador.

A pesar de solo haber estudiado hasta segundo de primaria sus modales y su manera de hablar si bien no eran refinados siempre fueron sencillos y correctos. Solo hasta que fuimos mayores le escuchamos decir alguna grosería.

De mi primera infancia recuerdo que cuando me llevaba a la escuela de monjas donde cursaba el 1ro de primaria siempre me despedía de él dandole la bendición, después ponía mis pequeñas manos en sus mejillas y le daba un beso. El no era creyente, ni siquiera iba a misa, pero mi madre que había estudiado en escuelas privadas se había empenado en que asistiéramos a una de las mejores escuelas católicas de la ciudad. Seguramente pagar tres colegiaturas significaba un esfuerzo mayor pero mi padre nunca renegó de ello y segura estoy que mis bendiciones lo hacían feliz.

En la noche cuando llegaba a casa corría a traerle sus pantuflas y se las ponía mientras veía la tele. Más grande además de las pantuflas le llevaría el café y si estaba enfermo me empeñaba en ser yo la que le llevara cualquier cosa que necesitara a la cama.

Si por alguna razón me reprendía bastaba con que me hablara fuerte para hacerme llorar. Odiaba sentir que alguno de mis actos podría decepcionarlo, así era la devoción que le profesaba.

El día que cumplí 15 años se puso muy sentimental y fue a mi cuarto. Me felicitó y me entregó una pequeña cartita que me había escrito en una libretita para notas donde escribía cosas de su trabajo. Aún la conservo. La única carta que alguna vez me escribió. En ella describe con añoranza y cariño el momento en que nos vimos por primera vez, cuando yo era una bebe de 9 meses que le sonreía con entusiasmo y familiaridad como si ya nos conociéramos. Desde ese momento -menciona-  le robé el corazón. Termina deseandome una vida plena y asegurándome que siempre estaría para mí.
Después de leerla nos abrazamos y la guardé.

Nada había cambiado, sin embargo lo explicaba todo.

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