Continuación de este texto.

El lunes en cuanto llegué  a la oficina me preparé para presentarle mi renuncia a Roberto Juárez el director, quien desde que tomó el mando de la agencia se convirtió en la peor pesadilla de todos. Machista, misógino, incompetente, engreído y totalmente ignorante acerca de como dirigir una agencia de publicidad. Tuvimos que aguantarlo desde que Liliana le cedió el control, cuando decidió irse a vivir a Houston para atender otros negocios de su familia. Nunca nos imaginamos que nos dejaría en manos de este incompetente, a todos nos dolió. Liliana, la socia mayoritaria y fundadora de la mejor agencia de publicidad de Tijuana, una mujer inteligente, creativa, empática, brillante diseñadora, excelente negociadora, amable, sencilla, muy bien relacionada en el medio, era incomprensible que ahora nos abandonara y pusiera todo en manos de este tipo solo porque eran amigos de la infancia. ¿Qué podrían tener en común además de ser chilangos? Siempre fue un misterio para todos y una verdadera lástima. Nadie en la agencia lo quería y creo que él tampoco nos quería a nosotros.  Roberto era contador público y su experiencia se reducía a puestos financieros en diversos bancos de la Ciudad de México. Desde el primer día que se presentó en la oficina, hacía ya seis meses, se mostró como una persona totalmente inadecuada para sustituir a Liliana. No sabía nada relacionado a la publicidad y seguramente nunca en su vida había tenido un puesto directivo porque se dedicaba a derrochar y trataba a los clientes de manera totalmente inapropiada. Organizaba las presentaciones de trabajo en restaurantes a la hora de la comida y después les invitaba a los clientes “la copa”, citas que terminaban en antros de table dance en la madrugada del siguiente día. Claro, la mayoría de los clientes, acostumbrados al profesionalismo y atención de Liliana no aceptaban este tipo de “atenciones” pero los que si lo hicieron empezaron a tratar directamente con él cualquier asunto relacionado a nuestro trabajo, lo cual minaba por completo el esfuerzo de todos los creativos, ejecutivos, diseñadores y comunicólogos que sosteníamos las campañas. Estas invitaciones tampoco eran un secreto, el mismo Roberto sin ningún pudor llegaba al día siguiente de tremendas parrandas con facturas estratosféricas de restaurantes, antros e incluso de lugares de masajes para caballeros pretendiendo meterlas a gastos de representación para que le fuesen reembolsadas… el muy estúpido. La contadora nos contó que tuvo que decirle que esos “gastos de representación” no eran deducibles.

Toda su manera de hacer negocios nos desprestigiaba. A mí nunca me tocó ir a ninguna de esas presentaciones, pero Kathy como directora de arte regularmente lo acompañaba con algun creativo y la ejecutiva de cuenta, todos coincidían que su comportamiento era francamente vergonzoso. Interrumpía constantemente a quienes estuvieran haciendo la presentación, no iba preparado con la informacion básica de los clientes y con el afán de simpatizar con ellos hacía bromas fuera de lugar o se ponía a contar chistes subidos de tono, generalmente machistas o con tintes misóginos.

En la agencia nadie lo quería y yo no era la excepción. No volver a verlo ni tratar con él era una de las pocas cosas que me alegraba de dejar aquel lugar donde había hecho tantos amigos.

Ese lunes, después de haber hablado con Kathy quien era mi jefa directa, esperé a Roberto para darle mi renuncia. Necesitaba hacerlo cuanto antes para tener esa semana para cerrar pendientes y dejar todos mis proyectos en orden.

Llegó alrededor de las 10 de la mañana. Lupita la recepcionista me avisó que ya había entrado a su oficina y en cuanto pude le marque para pedirle un momento para hablar con él. “Cuando gustes venir” me contestó. Así que fui a su oficina.

Lucía como lo hacía invariablemente los lunes. Se veía pálido, ojeroso, con el cabello mojado y mal peinado, traje azul marino con camisa blanca sin corbata. Ese día traía un par de papelitos en el mentón que delataban torpeza al rasurarse. Le expuse que me había surgido una muy buena oferta de trabajo en una empresa donde me capacitarían para desarrollar sitios web y que había aceptado. Aunque trató de aparentar que sentía mucho que me fuera la verdad es que sus gestos y postura fueron muy fríos. Supongo que no le importaba mucho quien de los que llevábamos ahí varios años se fuera, a todos nos veía por debajo del hombro, con nadie tenía buena relación.

Además mi decisión estaba tomada, en el fondo agradecí que no me hiciera muchas preguntas mas allá de los detalles de las campañas en las cuales estaba trabajando. Solo me pidió que me coordinara con Kathy para que el diseñador que le diera seguimiento a mis proyectos estuviera al tanto y que hablara con la contadora para que me prepararan mi finiquito sin demoras.

La reunión fue muy corta. Después de un  momento salí de su oficina. Camino a mi escritorio me dio tristeza no poder despedirme de Liliana, con ella la conversación seguro hubiera sido muy diferente. A ella sí tenia muchas cosas que agradecerle.

 

 

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