Día 90. Yo baño

Era un día cualquiera, entre semana.

Mi niño en lugar de despertarse a las 6 de la mañana o mas tarde como regularmente acostumbra se despertó a las 5:30. Entre sueños sollozaba pidiendo estar acompañado. Yo ya estaba despierta y corrí a su cuarto. Me metí en las cobijas de su cama y lo abracé para calmarlo intentando que durmiera un poquito más. Pero no fue así. Tenía los ojos abiertos y me veía con mirada juguetona.

Así estuvimos recostados un rato más hasta que al ver mi celular me di cuenta que ya era tarde, apenas alcanzaba a darme un baño rápido.

“Ahorita regreso mi amor, me voy a bañar” Le dije en tono bajito.

“No. Yo baño”. – Contestó el.

Tú ¿baño? ¿Quieres ir al baño conmigo? – pregunté.

“Si, yo baño”

Muy bien, -le dije-. Vamos al baño.

Le puse sus pantuflas y me puse a su vez las mías. Le tomé de la mano y salimos del cuarto.

¿Quieres ir al baño? – Volví a preguntar. La verdad yo prefería que se quedara recostado en su cama.

No. – Me dijo.

Pero yo voy a meterme a bañar. ¿Me esperas en tu cuarto?

No, yo baño.- volvió a decir.

Entonces entré a mi cuarto por mi bata, mi toalla y mi ropa y nos metimos al baño.

Por un momento yo había pensado que quizás lo que deseaba era hacer del baño pero no fue así. Después de mostrarle su pequeño baño portátil, le puso la tapa y se sentó sobre él tranquilamente.  Abrí la regadera. Su cabello despeinado y sus ojitos dormilones frente a mí me observaban fijamente. Me quité la ropa y me metí a bañar.

¿Mama bañar? – Preguntó

Si mi amor, le contesté. Mama bañar.

Abrí la cortina del baño para asomarme y ver que hacía.

Seguía sentado pacientemente con su pijama café claro estampada con huellas de perrito. Estaba seriecito pero al ver mi rostro sonreía. Varias veces asomé mi rostro para verlo, siempre sonreía.

Juro que se veía divino. Divino como algo único, con características o poderes que nadie más tiene.

Y recordé que por muchos años mi mente no alcanzaba a imaginar que existiría en mi vida. Que volvería a ser madre de un ser tan especial. Y que lo disfrutaría tanto.

Esa imagen de mi niño de 2 años esperándome sentadito afuera de la regadera a que me terminara de bañar, se me quedó grabada en la memoria como uno de nuestros momentos más especiales.

 

Día 89. %&@ Tráfico

Hoy como todas las mañanas, en compañía de mi pequeño de 2 años salí de casa minutos antes de las 7 am. Bien abrigados, él con su chamarra azul con capucha y yo con mi abrigo gris nos subimos al pequeño auto rojo. Claro suena sencillo pero eso no era todo, tambien llevaba mi bolsa con mi sandwich de desayuno, su pañalera y su cobija, mi café y mi celular. Soy toda una malabarista a la hora de salir de casa.

En lo que subimos al carro y salimos del fraccionamiento ya son las 7.

Mi misión de todos los días es llegar a la oficina a las 8 am. Para entonces tengo que haber llegado primero a la guardería donde se queda Diego, entrar y acompañarlo hasta su salita y despedirme de él.

Asombrosamente apenas avanzamos poco mas de 1 kilómetro nos encontramos con que el tráfico estaba totalmente detenido. Una fila interminable de autos nos esperaba. Imposible ver que era lo que ocasionaba aquella congestión. Es verdad, había llovido durante la noche y se esperaban lluvias durante el día pero ¿sería la lluvia lo que ocasionaba semejante embotellamiento?

Ante aquel panorama nada alentador lo primero que hice fue distraerme cantando con mi niño. Él siempre se entusiasma cuando lo hago y trata de hacerme segunda. Si no le gusta la canción entonces me pide otra y  así hacemos mas llevadero el tiempo de traslado. Pero esta vez ya llevabamos varias canciones cantando y noté que los autos nomás avanzaban practicamente nada. Mortificada veía el reloj del carro, después de 30 minutos seguíamos donde mismo. Definitivamente ya se me habia hecho muy tarde, no llegaría a tiempo a la oficina.

Para colmo, en el bulevar de dos carriles donde me encontraba, empezaban a surgir los clásicos gandallas que tratan de hacer una tercera fila avanzando impunemente hasta enfrente para meterse adelante de los demás. Vi como a mi derecha empezaban a pasar estos automovilistas. Empezaba el caos. Mi parte agresiva imaginó que atravesaba mi pequeño March para taparles el acceso y que dejaran de creerse los muy chingones. Seguro me pitarían molestos por mi osadía. “¿Pues quien te crees?” – respondería yo bajándome del carro. “Crees que los demás no tenemos prisa? ¿A poco tu tiempo es más valioso que el de todos nosotros? Tengo mas de media hora aquí haciendo fila. ¡Y tú también debes hacer fila! Así que ¡te me largas mucho a la…..!” No. Claro que no, eso es una locura. Semejante imagen no es buen ejemplo para Diego, y aún sola mi parte sensata jamás se atrevería. La idea, aunque buena, se va de mi cabeza.

Afortunadamente al ver a mi alrededor puedo darme cuenta que aunque existen esos gandallas somos mas los que nos portamos civilizadamente, esperando pacientemente, sin siquiera sonar el claxon. Solo esperabamos, con mirada atónita, desconcertada y en la mayoría de los casos preocupada.

Pero también me agobia que ya son muchas las ocasiones que me toca ir contra reloj a la oficina. Ultimamente no basta con tomarme una hora para llegar a tiempo. Poco a poco he tratado de salir antes, a veces a las 6:55, otras, las menos a las 6:50. Pero aún así nunca es suficiente.

Además de eso, si por alguna situación me demoro al dejar al niño en la guardería es otra vez ir contra reloj. No falta que se haya hecho del baño en el camino y tenga que llegar a cambiarlo o que simplemente le cueste trabajo quedarse y se ponga a llorar en la puerta. Detalles que atiendo con calma y paciencia pero con profunda mortificación de llegar tarde una vez más. Ya son varias las veces que mi jefe me ha llamado la atención por mis retardos lo cual me hace sentir muy mal.

Mientras veía el tiempo pasar me acordé de la publicación de ayer de Fernando en Facebook. Orgulloso presumía las casas que construye y vende la inmobiliaria para la que trabaja, esas que se ven al fondo desde aquí. Al comentarle que el tráfico de por sí ya es infernal me contestó que el trafico es un problema de toda la ciudad, no es exclusivo de esta área. Y que el gobierno ya está contemplando algunas nuevas vialidades. Lo que yo quisiera saber es para cuándo. Sí, es cierto, esto no es problema solo de aquí y quizás no debería quejarme, pero ¿Realmente no hay solución? ¿Acaso es cosa de resignarse y dedicarle mas tiempo a los traslados? ¿Así nada más?

Me niego a salir de casa con mi niño a las 6:40 o 6:30 de la manana. Eso significaría despertarlo a las 6. También significaría que yo tendria que estar metiendome a la regadera a las 5 y si quiero hacer ejercicio tendría que hacerlo a las 4:30 de la mañana. Para llegar a tiempo al trabajo, a las 8 de la mañana. ¿Soy yo o esto realmente suena descabellado?

Pero ¿cuáles son mis alternativas? El problema es ese, que no hay alternativas. De mi casa a la oficina no hay otra vía alterna, y  la guardería está en el mismo rumbo. Y siguen construyendo casas en esta zona. Que en un futuro muy proximo estarán habitadas por personas que también tendran necesidad igual que yo de transitar por esta misma vialidad. ¿Qué pasará entonces? ¿Porqué nadie es capaz de protestar, decir o hacer algo?

A las 7:45 tomé la decision de avisarle a mi jefe que definitivamente debido al tráfico se me había hecho muy tarde. “No te preocupes, -me contestó. Yo estoy igual, voy por la vía rápida y va sumamente lenta”. Entonces, es verdad. Todas las áreas de la ciudad están igual. Esto me tranquilizo un poco.

Tampoco estamos hablando de que vivo lejísimos. Realmente la distancia a recorrer son aproximadamente de 15 a 18 kilómetros desde la puerta de mi casa hasta la oficina. El problema no es la distancia. El problema es que tengo casi una hora en el mismo puto sitio. He avanzado apenas 3 kilómetros. Empecé a fantasear en salir corriendo de mi carro. Apagarlo. Ponerme los tenis y simplemente huir. Correr y correr hasta llegar a mi destino. No sentirme atada a este confinamiento del auto inamovible. Claro que nunca lo haría. No sin mi niño en brazos. Y correr con un niño de 14 kilos creo que no es buena idea, menos con este clima.

Miro a mi hermoso. El no tiene ni idea de lo que pasa. Para ser un niño de 2 años creo que es muy paciente. Ve a la ventana y me señala las cosas que ve. Los camiones, las casas, los árboles, las gotas de lluvia que can en el vidrio que tiene de su lado. Le sonrío. Nos ponemos a repasar los colores en base a lo que ve. Le paso otro de sus libros para que se entretenga. De pronto dice “pipi….. pipi” “¿Pipí o popó?” – le pregunto. Entonces pone cara de duda… Sé que acaba de hacer popó.  Afortunadamente trae pañal. Se pone un poco inquieto y lo tranquilizo asegurándole que todo va a estar bien.

Avanzamos un poco más.

A mi izquierda en el carril contrario veo un par de señores caminando apresurados, cada uno lleva una maleta. Creo que se bajaron de algun taxi para salir corriendo. Seguro van al aeropuerto. Ojalá más adelante puedan encontrar el tráfico más despejado y tomar otro transporte que los saque de aquí y lleguen a donde van a tiempo.

Para las 8 de la mañana hemos avanzado aproximadamente 4 kms. Lo sé porque suelo correr todo esto, en 24 minutos a paso cómodo.

Llamo también a la guardería para avisar que Diego va a llegar tarde, que le reserven su desayuno. Si no lo hago ya no le darían de comer, y su proxima comida es hasta las 12:30 del medio día.

El tráfico empieza a avanzar cada vez más. Increíble que en un tramo de solo 5 kilómetros haya pasado más de una hora.

El resto del trayecto va un poco mas fluído. A las 8:38 llegamos a la guardería. Diego se entusiasma cuando lo bajo del carro, es paciente pero creo que ya estaba aburrido. Entrando me preguntan en la recepción de que área de la ciudad venimos. Creo que a varios padres se les hiz tarde hoy. Le quito su chamarra y vamos al lugar adecuado para cambiarle el pañal.

Las maestras me dicen que ya tienen reservado su desayuno, solo que todos los niños ya comieron, será necesario que lo acompañe, lo cual haré con mucho gusto. No me gustaría que Diego comiera solo. Despues de cambiarlo vamos al comedor de los niños. Está vacío. Nos sentamos los dos en las pequeñas sillitas. Después entra otra señora con su niño y hacen lo mismo. Seguro también se les hizo tarde. Les sirven en unas charolas un guiso de nopales con papas y queso, plátano picado, una tortilla y un vaso de leche. Al ver aquello recuerdo que no he desayunado.

Son más de las 9:00 de la mañana. Ya mejor no veo el reloj.

Después de un rato termina de desayunar. Le digo que es hora de jugar y se levanta de su silla muy animado. Le tomo de la mano y lo llevo a su salita. En cuanto la maestra abre la puerta entra corriendo.

Salgo de la guardería y me subo al carro. Ahora sí  voy a la oficina, el tiempo ya no importa. Hice todo lo que tenía que hacer y aun así, voy tarde.

 

 

 

Día 88. Gracias

Es increíble la sensación que me embarga cuando alguien se acerca a mí por algún medio para comentarme alguna experiencia personal relacionada a mis textos. No me refiero a comentarios de que si les gustaron o no, si no cuando alguien me comparte alguna inquietud, experiencia, reflexión o confidencias de su vida relacionadas a algún tema que toco.

No me siento doctora corazón y tampoco soy una experta, simplemente escribo acerca de lo que toca mi corazón. Pero lo que he descubierto a través de todos sus comentarios es que todos tenemos inquietudes y sentimientos muy similares. Somos compañeros de viaje.

¡Me doy cuenta que conectamos! Que todos estamos en la misma lucha y en el mismo salón de clases, aprendiendo a vivir. Que nadie se las sabe de todas todas, que a pesar de nuestras aparentes diferencias todos somos iguales. Tratando de solucionar nuestros problemas, de sentirnos amados, de descubrir quienes somos, de cuidar a nuestros seres queridos, de arreglar nuestro corazón roto, de luchar por nuestros sueños.

Muchas gracias por todos sus comentarios, públicos y privados. Hoy quise tomar este día para agradecerles de corazón.

Abrazo.

Día 87. 39 Kilómetros de vientos rudos

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Hoy el cerro sí que me puso una arrastrada.

Bueno, para ser precisos no fue el cerro, ese siempre es lindo y me trata muy bien. Se deja querer por mí mientras subo y bajo por sus montes y veredas.

El causante de todas mis penas de hoy fueron las ráfagas de helado viento que por momentos dificultaban avanzar. Sobre todo en esa serie de cerros que tuvimos que atravesar dos veces, tanto de subida como de bajada y donde se pueden apreciar en varios tramos,  profundas barrancas a ambos lados del angosto camino. Sentía que me tambaleaba. Tenía que sujetar fuertemente mi gorra para que no saliera volando y me daba la impresión que si corría la que iba a salir volando sería yo.

En varias ocasiones fueron mis miedos los que predominaron paralizándome por completo. Afortunadamente siempre corro con excelentes compañeros de entrenamiento dispuestos a ayudar y en dos ocasiones me rescataron tomando mi mano o sirviendome de guía para poder avanzar.

Hoy el entrenamiento fue bastante extenuante. 39 kilómetros no se corren a diario. La última distancia larga previa al ultramaratón.

Ahora solo resta seguir entrenando distancias mas cortas para mantener la buena condición y esperar el gran día. Solo espero que para entonces el clima sea mas amable.

 

Día 86. Que seas muy feliz

No me estoy despidiendo. Tampoco estoy siendo irónica.

Simplemente hoy me embargó el sentimiento de desearte que seas muy feliz.

Que tengas el valor de rescatarte, redescubrirte, reencontrarte y disfrutarte de nuevo.

Muchas veces con el tiempo nos abandonamos. Ya sea por poner a alguien más en primer lugar en nuestra vida, o por caer en la rutina de andar por el mundo en automático pero a veces sucede que vamos abandonando al ser mágico que todos somos.

Ese que le gusta pintar en sus ratos libres pero hace mucho que dejó de hacerlo.

Ese que le encanta la música y cantar a todo pulmón pero dejó de hacerlo por no molestar a nadie.

Ese que dejó de ir a conciertos, o dejó de escribir, o dejó de correr, o dejó de ver a sus amigos, o dejó de reír a carcajadas o dejó de intentar cosas nuevas o dejó de tener ilusiones…. entre tantos ejemplos.

Deseo con todo mi corazón que tengas el valor de rescatarlo e ir por ese ser que en el fondo tú eres porque ¿sabes qué? ¡ahí esta la magia!

Hoy ví a una persona rescatarse y disfrutarse, yo sé lo que te digo.