Mi mamá solía decir que desde bebé era tan “bien portada” que antes de cumplir el año ella y mi papá se podían ir tranquilamente de compras a Chula Vista, solo me dejaban en la cuna un biberón lleno y listo. Cuando regresaban ahí estaba yo, quietecita y bien portada.

Cuando tuve a mi hija me di cuenta de la crueldad que esto había significado. ¿Realmente pensaban que  todo ese tiempo lo había pasado dormida? ¿Acaso creían que no lloraba? ¿Que no deseaba ver a alguien durante ese tiempo? Me pongo a pensar ¿Qué cosas pude haber sentido? A final de cuentas no los culpo tanto, estamos hablando de los 70´s y la vida era otra cosa.

Lo cierto es que de niña siempre buscaba agradar a mis padres, hacía lo que me pedían obedientemente, sacaba muy buenas calificaciones, siempre de conducta impecable nunca les di un problema. La consentida de las monjas en la escuela y de mis padres en la casa. Mi única competencia en casa era mi hermano, que por ser niño y el menor estaba bien chiqueado y era bien burro en la escuela. Yo lo adoraba, como sólo le llevaba un año y medio de diferencia coincidíamos en todo y siempre andábamos juntos. Mi hermana, la mayor de los tres aunque también era una excelente estudiante  siempre fue muy rebelde en casa y se metía en problemas porque era muy mentirosa poniendo en muchísimos aprietos a mis papás.  En comparación con ambos, yo, la sandwich, era la hija perfecta. Bueno, esto hasta que crecí porque cuando estaba en 6o de primaria me metí en un lío grande en la escuela. Yo la niña seriecita, calladita y tímida que no rompía un plato me agarré a arañazos, patadas y jalones de greñas con otra niña en medio del patio durante el recreo. La contrincante, se llamaba Mirza Aydé y estaba en mi salón, la verdad no recuerdo ni porqué había sido el pleito solo que terminé en la dirección y mi papá tuvo que ir por mí. Ese día llegué a la casa con la coleta chueca y un par de arañazos en los cachetes que me ardían cuando hablaba. Recuerdo a mi hermana divertida porque me había peleado, preguntándome quién había ganado mientras mamá se mortificaba pensando de donde había salido en mí aquella agresividad. A raíz de esto las monjas se indignaron tanto con mi comportamiento que amenazaron a mis padres con quitarme la beca que acababan de ofrecerles para que estudiara la secundaria en la misma escuela. “¡Al diablo con la beca! -pensé-, yo ni quiero estudiar ahí, van puras niñas…. qué chiste”. Despues se la volvieron a ofrecer a mis papás, pero yo estaba decidida, llegaría hasta sexto y nada más.

A partir de ahí, en la adolescencia, se me empezó a quitar lo seriecita, calladita y tímida.  Me di cuenta que no todo en la vida era estudiar y sacar dieces, también había niños.

 

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