Nos gusta pensar que conocemos como funcionan las cosas.

Acomodamos las piezas del tablero y deseamos que permanezcan así siempre. Hemos aprendido a movernos a través de ellas. Si alguien las mueve le culpamos, si las movemos nosotros esperamos del otro comprensión incondicional.

Lo que nunca tomamos en cuenta es el cambio.

Todos los días cambiamos. Todos los días cambia el mundo allá afuera. Después de un tiempo ya no sabemos si cambiamos nosotros o cambiaron los demás, lo que sí sabemos es que todo ahora es lo que no era. Doloroso sentir que con nuestros viejos planes mueren también nuestras certezas y creemos perderlo todo. Nos inmovilizamos. Cerramos los ojos esperando el final y lo que descubrimos es un nuevo comienzo. Lo que nos dolía antes ya no duele, ha dado paso a cosas, ilusiones y alegrías nuevas.

Volvemos a disfrutar de nuestra realidad, a sentir que pertenecemos por completo a este ahora.

Estamos en un lugar lleno de luz y de vida. El mundo es el mismo pero a la vez es diferente. Tratamos de redescubrirnos pero en realidad somos otros.

No nacimos para cumplir un destino, ni nuestra existencia ha sido una coincidencia.

En nuestro camino solo reconocemos una conciencia, la que nos trajo hasta aquí.

Un propósito de vida, que nos impulsa y mueve.

 

 

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