Era un día cualquiera, entre semana.

Mi niño en lugar de despertarse a las 6 de la mañana o mas tarde como regularmente acostumbra se despertó a las 5:30. Entre sueños sollozaba pidiendo estar acompañado. Yo ya estaba despierta y corrí a su cuarto. Me metí en las cobijas de su cama y lo abracé para calmarlo intentando que durmiera un poquito más. Pero no fue así. Tenía los ojos abiertos y me veía con mirada juguetona.

Así estuvimos recostados un rato más hasta que al ver mi celular me di cuenta que ya era tarde, apenas alcanzaba a darme un baño rápido.

“Ahorita regreso mi amor, me voy a bañar” Le dije en tono bajito.

“No. Yo baño”. – Contestó el.

Tú ¿baño? ¿Quieres ir al baño conmigo? – pregunté.

“Si, yo baño”

Muy bien, -le dije-. Vamos al baño.

Le puse sus pantuflas y me puse a su vez las mías. Le tomé de la mano y salimos del cuarto.

¿Quieres ir al baño? – Volví a preguntar. La verdad yo prefería que se quedara recostado en su cama.

No. – Me dijo.

Pero yo voy a meterme a bañar. ¿Me esperas en tu cuarto?

No, yo baño.- volvió a decir.

Entonces entré a mi cuarto por mi bata, mi toalla y mi ropa y nos metimos al baño.

Por un momento yo había pensado que quizás lo que deseaba era hacer del baño pero no fue así. Después de mostrarle su pequeño baño portátil, le puso la tapa y se sentó sobre él tranquilamente.  Abrí la regadera. Su cabello despeinado y sus ojitos dormilones frente a mí me observaban fijamente. Me quité la ropa y me metí a bañar.

¿Mama bañar? – Preguntó

Si mi amor, le contesté. Mama bañar.

Abrí la cortina del baño para asomarme y ver que hacía.

Seguía sentado pacientemente con su pijama café claro estampada con huellas de perrito. Estaba seriecito pero al ver mi rostro sonreía. Varias veces asomé mi rostro para verlo, siempre sonreía.

Juro que se veía divino. Divino como algo único, con características o poderes que nadie más tiene.

Y recordé que por muchos años mi mente no alcanzaba a imaginar que existiría en mi vida. Que volvería a ser madre de un ser tan especial. Y que lo disfrutaría tanto.

Esa imagen de mi niño de 2 años esperándome sentadito afuera de la regadera a que me terminara de bañar, se me quedó grabada en la memoria como uno de nuestros momentos más especiales.

 

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