Era una noche muy fría y llovía. El departamento era pequeño y el agua se colaba por todas partes. Regadas por el cuarto había puesto varias vasijas para las goteras.

En aquel tiempo no teníamos televisión y por muebles sólo contábamos con la estufa, el pequeño refrigerador, una mesita y nuestra cama. Ahí hacíamos todo, dormir, conversar, comer y coger. Pero ahora estaba yo sola bajo las cobijas, imaginando figuras en las manchas del techo, viendo pasar los reflejos de las luces de los autos en la calle, escuchando el ruido del agua caer, esperándote.  Nuestro departamento se encontraba en el segundo piso de una casa sobre la calle Madero, en pleno centro de la Ciudad, para llegar a él había que atravesar primero una cochera y después un largo y oscuro pasillo para subir las escaleras de hierro al final.

No me gustaba estar sola y tenía prendidas las luces del cuarto y del baño. En algún momento de aquella noche escuché tus pasos subiendo las escaleras y poco después que abrías la puerta. Me incorporé y corrí a abrazarte. Me gustaba perderme en tus brazos al final de un largo día. En cuanto me acerqué a ti me di cuenta que cargabas una bolsa con comida china. Tenías el cabello y la chamarra mojada. Olías a calle, a cigarro, a sudor y estabas helado. Dejamos la bolsa en la mesa del cuarto y nos sentamos en la cama. Te quité la chamarra y la colgué en la chapa de la puerta. Besaste mis labios dulcemente, tiernamente, como solamente tú lo hacías. Como si fuese ayer recuerdo tu mirada. Así eran siempre nuestros encuentros. No sé de qué hablamos solo recuerdo tus ojos en los míos. Seguro me decías algo del frío. Totalmente inadecuado para el clima y ahora un poco mojado después de abrazarte, mi suave camisón blanco hacía que mi cuerpo temblara siempre que salía a tu encuentro, pero era lo único que tenía para dormir y además sabía que te gustaba. Besaste mis hombros desnudos y los cubriste con la cobija. Acariciaste mi rostro, tu mano se detuvo en mi boca. Pasé mi lengua por uno de tus dedos. Nos volvimos a ver a los ojos y supiste que te deseaba. Me besaste esta vez con más intensidad mientras tocabas mis senos. Después de un rato, te paraste de la cama y apagaste la luz.

Nuestros besos y jadeos se mezclaron con la música de la lluvia y las goteras.

 

Un comentario en “Día 103. Besos, jadeos, lluvia y goteras

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