Cuando un proyecto termina, queda un vacío.

Si salió bien queda la satisfacción de haberlo logrado, de haber realizado eso por lo que por tanto tiempo trabajaste y te preparaste.

Si no pudo culminar como esperábamos queda el sentimiento de haber perdido una oportunidad, de fracaso, de falta, queda un hueco en el corazón que pensamos que ninguna otra cosa puede llenar.

Sea como sea, cuando un proyecto termina, haya sido el resultado positivo o negativo, nos quedamos como sin rumbo. A la deriva. Lo que antes era nuestro objetivo ya no está. Ya no hay un plan qué seguir. Somos libres pero esa libertad nos asusta. ¿Qué hacemos con ella? ¿A dónde vamos? Si la vida ya no gira alrededor de algo, ahora ¿Qué hacemos con todo el tiempo y energía que dedicábamos a aquello que ha terminado?

Si llegamos o no a la meta la pregunta es ¿qué sigue?

Si abandonamos un proyecto de vida ¿cuál es el camino ahora?

Sea como haya sido, la verdad es que el trayecto nos ha transformado. No somos los mismos que cuando comenzamos. Hemos llegado a un final y hay que saber decir adiós, con tristeza o alegría a aquello que ha terminado.

Absorber toda la riqueza de esta experiencia nunca es mala idea. Esperar a que las aguas se calmen siempre nos brindará claridad.

Si ponemos atención a las señales pronto sabremos hacia dónde deberán dirigirnos nuestros siguientes pasos.

 

 

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