Día 141. En mí

Han pasado 8 días,

el mar y el cielo duermen

al dulce arrullo del vaivén de las olas.

Dos aves me miran fijamente,

el firmamento pintado de luces multicolores,

el aroma a sal hace que todo sea más dulce.

De nuevo y  por primera vez

mis ojos admiran el pasado

este sonríe, besa mis labios, me toma de la mano.

Vivimos conciliados,

tenemos un delicioso amorío

han pasado 8 días

y no dejo de mirar el mundo

desde aquí.

Día 140. El aroma de los libros

Capítulo 9.

Después de desayunar en el hotel, deseché la idea de ir a Chapultepec, pedí un taxi en la recepción y me dirigí hasta Coyoacán, quería pasar el resto del día en ese emblemático barrio que tanto me gustaba. Ubiqué en la aplicacion de mi celular una librería por ese rumbo y pedi al taxista que me llevara hasta ahí.

Inexplicablemente sentía una especie de urgencia por llegar.

La librería era una de las Gandhi. A pesar de que ésta no era muy grande me gustó pues lejos de parecer una más en un listado de franquicias su aspecto era mucho mas íntimo y acogedor. A medida que me iba adentrando en ella podía percibir cómo el exquisito aroma a libros nuevos, madera, papel, plástico y tinta me envolvía de manera seductora, de tal modo que poco a poco fui perdiendo noción del tiempo.

Caminaba por las islas centrales, hojeaba novedades, acariciaba ejemplares. Traía en mis manos Las Intermitencias de la muerte de Saramago y un libro pequeño de relatos de Jorge Ibargüengoitia, cuando me encontré una novela de Margaret Atwood. Se trataba de El cuento de la criada. Estaba leyendo la pequeña sinopsis de la contraportada cuando de pronto sentí una presencia a mis espaldas. Pensé que era una persona que quería caminar por el pasillo así que sin quitar la vista del libro me moví un poco dando un paso hacia el frente. Acababa de hacerlo cuando, percibí un aroma y una voz familiar pronunció tres palabras que se acababan de convertir en una contraseña: “¿Alexa, eres tú?” Inmediatamente una ola de calor invadió todo mi cuerpo. Esa voz no podía ser de otra persona, giré hacia mi izquierda. ¡Era ÉL! El hombre de mis fantasías, de barba plateada y fragancia inolvidable. Ahí, justo en ese lugar, frente a mí, ni mas ni menos que Santiago Guzmán.

Continuará…

Día 139. El aroma de los libros

Capítulo 8.

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Desperté en una espaciosa y confortable cama. La temperatura era perfecta. A pesar de que había llegado tarde y muy cansada la noche anterior, me había costado trabajo conciliar el sueño hasta que me di cuenta que era mi pijama de franela la que me tenía acalorada.

Ahora, semidesnuda y despierta en la habitación 808 del Hotel Grand Fiesta Americana Chapultepec, observaba el reflejo de la luz colándose por el gran ventanal mientras pensaba que era un lindo cuarto, y un desperdicio no poder estar disfrutándolo acompañada.

Habían sido 3 días de intenso trabajo. Gary y su reunión anual de brokers me había dejado exhausta. Además de ser la responsable de la agenda del evento y de preparar todo el material que se presentó, a última hora me pidio exponer algunos temas, además de atender a unos invitados especiales del corporativo de Estados Unidos. Si bien es cierto que desayunamos, comimos y cenamos como reyes, durante aquellos tres días no había tenido un solo momento de descanso para mí. Ahora era ese momento.

Era sábado y no tenía ninguna otra cosa que hacer más que descansar.

Recordé que me había quedado sola en aquella gran ciudad. Todos habían comprado vuelos para regresar hoy temprano y yo había sido la única con la excelente idea de elegir un vuelo de regreso para el domingo temprano, y así aprovechar un día más para “turistear”. “¡Turistear!” Si aquí no conozco a nadie. ¿En qué había estado pensando?

En el fondo quizás no era tan aventurera como quisiera. Empecé a acariciar la idea de quedarme todo el día en el hotel pensando que mi cansancio lo ameritaba.

Después de no sé cuanto tiempo me levanté de la cama y caminé hacía la enorme ventana. Abrí las cortinas y dejé que el sol invadiera con sus rayos la habitación.  La vista era majestuosa.  A mis pies, frente a mí tenía el bosque de Chapultepec. Me quedé contemplando un rato el panorama. Era un hermoso día. Estaba sola, pero lejos de sentirme mal por ello ahora me sentía increíble. Algo en aquel paisaje cambió totalmente mi estado de ánimo y decidí salir.

Después de darme un baño bajaría a desayunar algo y en la recepción del hotel pediría recomendaciones para llegar a Coyoacán y a Chapultepec, si bien eran los únicos lugares que conocía, bien valía la pena volver a ellos.

Si Chapultepec no estaba tan lejos como parecía me iría caminando y a Coyoacán tomaría un taxi desde el hotel. Visitaría librerías y pasaría la tarde leyendo libros en algún café. Aprovecharía al máximo ese día.

La sola idea me entusiasmó y empecé a desnudarme mientras caminaba al baño.

Continuará…

Día 138. El aroma de los libros

Capítulo 7.

¿Hace cuánto que no descansaba como lo he hecho en estos días? Me siento increíble. He podido descansar, estar con mis viejos y disfrutar de su compañía. Lupita hace muy buen trabajo al cuidarlos y Rosalba mi hermana y su familia también estan muy al pendiente de velar por su bienestar. Me siento orgulloso de ver que el fruto de mi trabajo sirve para brindarles  la calidad de vida que merecen.

Me he desconectado de todo. Las únicas llamadas que he tomado han sido las de mis hijas, ya las extraño y me ha hecho muy bien escucharlas.

Por la mañana despertamos los tres muy temprano y desayunamos juntos. Es increíble lo activos que siguen. Mi madre se niega a que alguien más cocine por ella. Después de tomar los primeros alimentos mi padre insiste en ir a caminar por el barrio y yo voy con él. Vamos por toda la Cuauhtémoc hasta llegar a su café favorito, el Jarocho. Lupita siempre le acompaña pero ahora he tenido yo ese privilegio. Ahí leemos el periódico y conversamos un rato. El doctor le quitó el cafe y él se niega a tomarlo descafeinado. Así que se conforma con un té de menta que se toma despacito mientras llena sus pulmones del aroma del café que envuelve el lugar. Ya empiezan a temblarle las manos y a veces olvida las cosas pero aún es un gran conversador.

Cuando regresamos a casa mi madre le reclama su ausencia, como si hubiera desaparecido por días. El se hace el desentendido por un rato y cuando menos me doy cuenta ya estan juntos viendo la televisión. Entonces, los miro de soslayo y me pregunto cómo hicieron para permanecer a pesar del tiempo y de la vida unidos de esa manera.

Además de su compañía he disfrutado como loco de la biblioteca. Hacía mucho tiempo que no venía a encerrarme por horas en ese lugar mágico donde aprendí a soñar montado sobre las paginas de tantos libros. Grato reencontrarme con Bolaño cuya obra he vuelto a analizar todos estos días, ¡qué tipazo! Antes de irme buscaré aquí algunos de sus libros para integrarlos a mi colección en Tijuana.

Después del almuerzo he salido a caminar con mi cámara colgada al hombro, otra de mis pasiones por tanto tiempo relegada.  El resultado ha sido muy satisfactorio. He vuelto a mirar la vida con asombro.

Me quedan solo un par de días aquí. Debo retomar mi camino, comenzar de nuevo.

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Continuará…

Día 137. El aroma de los libros

Capítulo 6.

Como todos los martes, mi plan era comer con Arturo. Sin embargo justo después de la junta de las 9 de la mañana en la que terminamos de definir la agenda para la reunión anual que se realizará a partir de mañana en la ciudad de México con todos los brokers a nivel nacional, a Gary Steinbeck mi jefe directo y  presidente de la compañía le pareció que yo también debía de asistir. Claro que hubiera preferido saberlo con un poco mas de tiempo pero sabe que no tengo compromisos con nadie y que siempre estoy disponible, así que no tuve ningún reparo con la noticia, viajar aunque sea de trabajo es algo que disfruto al máximo.

Compré mi boleto de avión y pedí el resto del día para hacer todos los preparativos.

Eran las 12 del medio día cuando hablé con Arturo para explicarle. Inmediatamente se ofreció a acompañarme a hacer algunas compras y terminamos comiendo juntos aquí en mi departamento.

Arturo es el hombre mas increíble del mundo y yo me siento profundamente afortunada de tenerlo en mi vida.

Nos conocimos hace ya 9 años, justo cuando ambos escapábamos de unos matrimonios horrendos. Compartíamos el amor por la lectura y gustos similares. Intentamos ser novios, pero debido a nuestras enormes diferencias no funcionó. El sigue una religión en la cual yo jamás creería y es sumamente apegado a su familia, una familia muy tradicional. En un inicio le escandalizaban la independencia con la que tomaba mis propias decisiones, mi idea de no desear hijos o volver a casarme, mi apertura sexual y el enorme desapego que tenía hacia mi familia. Mi manera de pensar retaba por completo todas sus creencias. Discutíamos porque tratábamos de cambiar la mentalidad del otro, hasta que pusimos el amor que sentíamos por encima de nuestras ideas. Fue así como creamos nuestro propio estilo de relación.

Aprendimos a querernos con las manos abiertas, sin desear poseernos de ninguna manera.

Años despues el se casó perdidamente enamorado, y yo asistí a su boda, estuve ahí para abrazarlo con todo el amor del mundo para desearle la mas grande de las dichas.

Nos acompañamos, nos escuchamos, nos entendemos y tratamos en lo posible de no juzgar ni aconsejarnos. Le he contado de todas mis relaciones, desde las que no han pasado de encuentros casuales, hasta aquellas veces que me he vuelto a enamorar y me han roto el corazón. Sus brazos son siempre un refugio cálido. El también me cuenta de sus problemas y de que las cosas no resultaron del todo como el hubiese deseado en su matrimonio.  Lo escucho sin hacer demasiadas preguntas y trato de animarlo. Soy muy receptiva a todo lo que me confía y estoy para él siempre que me necesita.

Nuestras conversaciones suelen ser profundas e interesantes y hoy no fue la excepción. Empezamos hablando de mis preparativos y terminamos filosofando acerca de la vida.

Comimos sushi, reímos a carcajadas, escuchamos música y nos acabamos 2 botellas de vino. Hoy se fue temprano a casa.

Aún tengo que hacer mi maleta.