Día 124. Mar

 

Su presencia era fresca, iluminaba todo con su amplia sonrisa y su voz sonaba como el canto del agua. Tenía la tez clara como la arena de la playa y cabellos castaños rizados que se movían con el viento. Trataba de apartar algunos mechones de su rostro y pude observar sus suaves manos, de dedos largos y delgados. El día que nuestros caminos se cruzaron lucía un ligero vestido azul que se movía al vaivén de su paso. Tuve ocasión para admirarla toda, notar sus pechos diminutos, su cintura breve, su trasero prominente y sus piernas largas y bien torneadas. Aún no sé su nombre, pero yo imagino su vida. La adivino cálida, misteriosa y profunda, la llamo la mujer del mar.

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