Segunda parte de este texto…

La primera vez que conversamos,  fue cuando me pidió información acerca de la serie de libros de Francisco Martin Moreno, Arrebatos Carnales. Pero sus preguntas no se limitaban a saber precios como la mayoría de la gente interesada en algo de lo que tenía a la venta. Él quería saber si realmente el libro había sido mío, si lo había leído y qué me había parecido. Su interés me desconcertó. Rápidamente me di cuenta que no era un simple cliente potencial como los otros. Conocía bastante de autores y géneros. Había leído todos los clásicos, le gustaba en particular la novela histórica, las biografías de personajes célebres y la poesía. Conectamos de una manera muy especial y empezamos a tener largas conversaciones por chat alrededor de los libros que habíamos leído.

Tres días después de esa primera conversación lo conocí.

Nuestro primer encuentro resultó sorpresivo pero muy agradable. Fue un jueves, habíamos acordado vernos a las 3 de la tarde afuera de la cafetería donde suelo ir a comer para entregarle los libros. Sentada en la mesa de siempre, había terminado mis alimentos a las 2:20, así que había tiempo suficiente para continuar leyendo la novela El Salvaje mientras esperaba a que se diera la hora. Estaba absorta en aquellas páginas cuando sentí que suavemente una mano se posó en mi hombro seguida de una voz que me preguntaba “¿Cómo vas con Arriaga?” No voy a negar que su grave voz me asustó un poco pero la gran sonrisa que me obsequió cuando alcé la cara inmediatamente me tranquilizó. Era un hombre alto, maduro, de tez morena, complexión delgada y barba plateada cerrada en forma de candado. Seguramente sonreí como una tonta un poco por el susto y otro poco porque no entendía su pregunta. Confundida le pregunté a qué se refería. Me contestó con una carcajada “¡Al libro que tienes frente a tí!, Tú debes ser Alexandra ¿verdad? Soy Santiago. Vengo por mis libros”. ¡Entonces recordé mi seudónimo! Asentí y me puse de pie.  Inmediatamente me dio la mano mientras se acercó a besarme en la mejilla. La familiaridad de su trato fue muy agradable. Era educado y atractivo. Sentir por ese instante su barba y tenerlo de pronto frente a mí así, me dejó sin palabras. Entonces me explicó que había tenido que llegar antes a nuestro encuentro por un compromiso de trabajo y que tenía su carro mal estacionado en la acera de enfrente. Le entregué los tres libros que descansaban sobre una silla a mi lado, me dio justo el dinero que habíamos acordado y después de agradecerme se despidió, no sin antes regalarme otra cálida sonrisa.

Me senté de nuevo un poco aturdida de semejante encuentro. Su loción perfumaba mis manos, mi cachete y mis pensamientos. Todo lo que respiraba olía a él.

continuará…

 

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