Todo transcurrió en el mes de marzo, de un año glorioso y triste a la vez.

A través de mí la vida se manifestaba. Fluía por mis venas, habitaba mi cuerpo, era dueña de mi sentir. Metamorfosis frente al espejo, fuerza y poder mas allá de mi.

Mi alegría no era suficiente. En aquellos momentos no era siquiera importante. Sus ojos cada vez mas tristes, su rostro mas impasible, su espíritu y su cuerpo cada día mas débiles. La vida que a mí me acompañaba se alejaba más y más de él. Cuando me encontraba sola, el miedo y la impotencia me hacían temblar, sin embargo aquella energía me daba fuerza para regresar a su lado, para tomarle de nuevo la mano, para sonreír a pesar de mis temores. Triste darme cuenta que la luz que salía de mis ojos, aunque poderosa, no era suficiente para iluminarle a él. Para contagiarle aunque sea poquita de la dicha que a mí me inundaba.

Desesperanza.

Las lágrimas que evitaba derramar ante sus ojos terminaron secándose por dentro dando paso a la certeza.

Hasta que una noche ambos descansamos. El lo hacía en una fría sala de hospital, yo cobijada a la sombra de la pena, vencida por la impotencia.

Yo dormía en un sueño reparador, él en el sueño mas profundo y definitivo, extinguiendo su luz para siempre.

Mientras dormíamos nos dijimos adiós sin saberlo.

La vida dormía en mi vientre,  la muerte dormía con él.

Decidió irse.

La muerte está presente a donde sea que la vida va. No la vemos, hasta que vemos a alguien muy querido partir.

La muerte solamente duele a los que siguen vivos.

Los muertos, ellos sólo se van.

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