Hace algunos días pasé por dos semanas en las que la muerte fue tema recurrente en mi mente.

Lo que inició como un examen médico de rutina terminó con algo “raro” que el médico vió, así que decidió realizarme una biopsia para analizarla con mayor detenimiento y así estar “seguros”.

De esa visita de “rutina” salí adolorida, confundida y totalmente impactada.

O sea que…. ¿Yo también puedo morir?

¿Acaso la muerte no era eso que solamente les pasa a los demás?

A diario escucho en las noticias que se muere alguien. ¿Porqué no habría de pensar que un día de estos yo podría morir?

Qué curioso cómo algo tan obvio y cotidiano de pronto es tan sorprendente ¿verdad?

A partir de ese día, los siguientes 14  tomaron un sentido que sigo asimilando.

Todo esto me acercó muchísimo al recuerdo de los últimos días de mi padre. ¿Qué tan consciente estabamos todos de que su partida era inminente? ¿Sentiría el mismo miedo que ahora siento yo? ¿Y a que tengo miedo yo?

Entonces empecé a ver el mundo con ojos nuevos.

 

Dejé de ver hacia atrás para contemplar cada día como lo que realmente es, un hermoso presente. La oportunidad única de apreciar el mundo desde todas las cosas. De amarlo todo. De darle sentido a todo.

Entonces tomó otra dimensión todo lo que pasaba frente a mis ojos. No hay cosas “buenas” o “malas” que pasan, todo, simplemente es parte de vivir.

De ser parte de esta experiencia que nos llena los sentidos, la mente, presente en todos nuestros espacios, en la cual estamos totalmente inmersos y que nos invade y nos hace pensar que nosotros somos la vida. Pero no es así.

La vida es eso que pasa a través de nosotros, y continuará estemos vivos o no.

Al tratar de entenderlo  terminé por descubrir que tenía el tiempo justo, sea el que fuera, dispuesta para seguir amando, para abrazar la vida al máximo y un millón de razones para valorar aún mas cada uno de mis días, sea cual sea mi propia fecha de caducidad.

Para cuando por fin esos 14 días pasaron estaba dispuesta a aceptar cualquier resultado, pero principalmente para aceptar como nunca antes la fragilidad de mi propia existencia asumiendo que el único sentido importante que podía darle es el de hacerme responsable de realmente vivir.

De vivir al máximo y de amar al máximo, por el tiempo que sea.

 

Y la vida me concedió la oportunidad de seguir… ignorante de saber hasta cuándo, como todos, un poco diferente después de este proceso y mucho más feliz.

 

 

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