Día 156. San Francisco día 1: Bienvenida a South Market

Seguramente todos hemos visto alguna película en cuya escena inicial la, él o los protagonistas llega a un lugar nuevo con la ilusión de iniciar un proyecto, solo para encontrarse en un lugar desolado, en ruinas o decadente… ¿Ya se lo imaginaron? Pues esta fue precisamente mi experiencia en este mi tercer viaje a San Francisco. Ah ¡qué ciudad tan más bonita! Grande, y cosmopolita. Cultura, moda, historia, gastronomía, tecnología y arte por doquier. Pero como en todas partes no todo es bonito, esta vez me tenía reservada una sorpresa.

Como el único objetivo que tenía para hacer este viaje fue ir por mi sueño de correr el maratón para el cual me registré desde noviembre del año pasado, la parte de buscar un buen hotel, reservar mi vuelo y los detalles de traslado los fui posponiendo hasta que me di cuenta que las opciones de hospedaje eran cada vez mas limitadas. Tomando en cuenta que el lugar  estuviera a corta distancia de donde sería la salida de la carrera por fin reservé, pero tuve que hacerlo en un hostal, con habitación privada pero servicios compartidos. Estaba yo tan entusiasmada con mi viaje que en aquel momento no me importó.

Cuando me bajé del avión con mi mochila a la espalda todo parecía ir bien. Eran poco mas de la 1 de la tarde, el día era tal como me imaginaba, fresco, un poco nublado pero lindo. Me dirigí al área donde se esperan los transportes que te llevan a los hoteles. Hice check-in por el celular a la compañía que había contratado para mi traslado, me confirmaron por SMS, tomé asiento y esperé. Conmigo esperaba un grupo de turistas. Algunos sentados como yo, otros de pie, revisaban sus celulares, hablaban por teléfono, poco a poco fueron desapareciendo, pero yo no. Así esperé, a veces sola y a veces acompañada, por dos horas que me parecieron eternas. Cuando la batería de mi celular y mi paciencia estaban a punto de agotarse,  crucé la calle, tomé un teléfono público y llamé a la compañía. Así fue como me aclararon que aparentemente yo esperaba en el lugar equivocado y que ahí jamás irían por mí. Me dirigí a donde me instruyeron que debía esperar y afortunadamente a los  20 minutos después ya estaba a bordo de una de sus flamantes unidades y a punto de llegar donde había hecho la reservación: Europa Hostal.

 

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El trayecto no fue largo, poco menos de 30 minutos.  Cuando por fin llegamos, despues de detener la camioneta el chofer bajó, cargó mi mochila, la puso en la banqueta y antes de despedirse echó una mirada al lugar y me preguntó:
– ¿Está segura que es aquí?.

Sabía a lo que se refería. Al ver aquello también yo estaba preocupada. La fachada era horrible. Cubierta de triplays pintados en un intento bastante malo por hacerlo parecer un grafitti artístico, el lugar mas bien parecía un inmueble abandonado.
Pero aquel era el número, estabamos en la calle, y el nombre del lugar coincidía con mi destino, asi que asentí moviendo la cabeza.
-Puedo preguntar  ¿porqué se queda aquí?, – Su pregunta me dio mucho miedo. El hombre era un afroamericano en sus 50´s y tenía cara de preocupación.
Me encogí de hombros y contesté que era lo mas económico que había encontrado.
-¿Cuánto exactamente? -volvió a preguntar el buen hombre…
-Pues… como 80 dlls la noche… contesté titubeando.

Pensé que me iba a decir algo más, pero solo se limitó a contestar “Muy bien”. Se despidió de mí y se fue.

Me quedé con mi mochila en la banqueta, mirando incrédula de nuevo aquel lugar, era horrible. Revisé mi celular y me di cuenta que estaba descargado. Abrí la vieja puerta de madera del lugar y comprobé las malas condiciones en que se encontraba.

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Lo primero que vi ante mí fueron los escalones de un angosto pasillo, cubiertas de alfombra cafe oscuro desgastada y sucia. Al terminar de subir vi al fondo de un pasillo una pequeña ventanilla y una campanita, supuse que era la recepción. El lugar apestaba a suciedad y a madera podrida, estaba pobremente iluminado, las paredes estaban pintadas de un verde muy chillante y el techo era bajito, había partes donde se podían ver las instalaciones de todo. Toqué la campanilla y  miré por la ventanilla, la recepción era una minúscula habitación con una cama donde estaba sentado un muchacho negro viendo el televisor. El espacio era tan reducido que al verme solo tuvo que girar su cuerpo para atenderme. No podía creer que en este lugar  dormiría los siguientes tres días. Tenía mucho miedo de estar ahí pero qué otra cosa podía hacer en una ciudad donde no conocía a nadie. Pedí mi habitación. Para cuando me dijo lo que tenía que pagar casi lloro. Poco menos de 300 dólares por tremenda pocilga. Con todo el dolor de mi corazón saqué el dinero y se lo entregué. No tenía otro lugar a donde ir.  El joven me entregó la llave y me indicó con la mano que al final de otro pasillo, del lado izquierdo estaría mi cuarto, justo frente a los baños. Tenía las uñas cubiertas de esmalte color uva.

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Resignada a mi suerte le di las gracias y caminé rumbo a mi habitación. Mi mochila y mis pies se sentían más pesados. Abrí la puerta. El maldito olor de viejo estaba ahí también. Afortunadamente era un lugar en el que no se permitía fumar así que al menos no olía tambien a eso. La luz era tenue. Solo una cama, frente a ella un pequeño mueble donde se encontraba una vieja televisión, 3 toallas blancas y delgadas, el control, a su lado un mini refrigerador en el piso, y sobre él un horno de microondas. En la esquina, bajo la pequeña ventana un lavamanos y pegado a la pared un espejo. Eso era todo, no había ropero, ni ganchos, ni mesita de noche, nada más. Me quede de pie atonita observándolo todo. La alfombra tenia manchas de todos tamaños y colores.  Luego vi la cama.  ¿En que condiciones estaría aquello? Subi a ella mi mochila y revisé las condiciones de la colcha y las sábanas. Parecían limpias. Entre el estupor y el miedo me senté en la cama viéndolo todo. Recordé lo diferente que lucía el lugar cuando lo vi por internet. Después de un rato  me acerqué a la ventana para ver si podía abrirla para ventilar la habitación. No era posible y además al ver que daba a un pequeño descanso exterior lleno de basura mejor decidí no intentarlo mas. ¿Qué tal si había animales allá afuera? Despues volteé a ver de nuevo el cuarto y otro pensamiento mas horrible me invadió “¿Qué tal si hay animales aquí adentro?” Asustada decidí salir de aquel lugar inmediatamente, me iría a caminar por la ciudad para dejar atras esto. Ya mas tarde vería como hacía para poder descansar ahí. Ahora tenía mucha hambre, eran casi las 4 de la tarde y en todo el día solo había ingerido un pan y un café en el aeropuerto de San Diego.

Tomé la llave y mi bolsa, me aseguré de cerrar bien el cuarto y salí de prisa.

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Al empezar a caminar me ubiqué, estaba en el barrio mas feo del centro de San Francisco: South Market, donde abundan las personas indigentes, a tan solo 3 cuadras de la bonita y transitada calle Market, que es como el equivalente de la Avenida Reforma de la ciudad de México. Apesadumbrada por mi mala elección y pensando como sería mi estancia seguí caminando sin rumbo fijo en línea recta. Observaba edificios, echaba un vistazo a los aparadores pero sin detenerme. Veía a la gente caminar. Empecé a sentir el viento frío.

De pronto, me di cuenta que hasta ahí llegaba esa calle y me encontraba ahora en Embarcadero y Market Street. Revisé los papeles que traía en mi bolsa de la confirmación de la carrera. Estaba parada justo en el lugar de salida.

Respiré profundo, observe todo alrededor imaginando la escena y la determinación regresó a mí. A pesar de todo, lo haría. Sin importar lo demás había llegado.