2:15, Mi Medio maratón de Tijuana 2019

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Fotografía de Manuel Ayala

Corrí mi 6to medio maratón de mi ciudad natal Tijuana, el día de ayer.

Este año cumplo 10 años corriendo. Fue en julio del 2012 que corrí aquí mi primer medio maratón. Desde entonces es probable que lleve más de una veintena en diferentes ciudades.

Haciendo memoria todo ha cambiado bastante desde aquella vez que cruce la meta por primera vez corriendo los 21k. En mi entorno todo ha cambiado. Ha cambiado la ciudad. Ha cambiado la organización de este evento. Ha cambiado la ruta. Ha crecido el numero de corredores, muchas caras nuevas pero también muchas ausencias. Mis compañeros de equipo también han cambiado. En Tijuana ha cambiado nuestra cultura deportiva.

¡Ayer hasta equipos de porras había! Por un momento casi me convencen de seguir la fiesta con ellos, se veían tan divertides. ¡Gracias por tantos ánimos!

En lo personal mi vida ha dado un giro tremendo también. De mis inicios para acá, mi familia cambió. Cambié de trabajo, cambié de domicilio. Han cambiado mis actividades, mis retos y también mis motivaciones al correr. Hace años, no había evento en que no deseara mejorar mi tiempo. Pero con la experiencia y el transcurrir de los años, lo que marca un cronómetro al final ya no es mi prioridad. Quizás esa es mi mayor diferencia, mis metas han cambiado. 10 años quizás no son tantos pero no puedo dejar de sentirme ya como una veterana a un lado de muchísima gente que admiro y que pasan a toda velocidad a mi lado.

Terminé este medio maratón en un tiempo de 2 horas con 15 minutos. El mas lento que he corrido, solo superado en lentitud por aquel medio maratón de Mexicali que corrí estando embarazada. Aquella vez hice 2 horas con 25 minutos y terminé feliz de la vida, orgullosa de mí y satisfecha.

Es ese sentimiento de satisfacción el que no ha cambiado. Los nervios y el entusiasmo previos a la salida son los mismos. El cúmulo de emociones que se viven a lo largo del trayecto son iguales. La alegría al ver y cruzar la meta es exactamente la misma. El gusto de saludar a mis amigos y amigas es el mismo. El cansancio que se disfruta cuando por fin paras, al final, es el mismo. Esta es la constante.

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Fotografía de Gabriel Ochoa

Cada una de estas experiencias suma.

Cada vez que sumamos crecemos.

Lo que nos hace crecer como seres humanos permanece con nosotros con el correr de los años.  Lo valioso permanece.

Me siento feliz de ser parte de esta comunidad sana y entusiasta. Sé que aunque mi vida cambie yo seguiré corriendo pues estoy convencida que los resultados realmente valiosos son los que no se ven.

Muchas felicidades a todos mis amigos y amigas que se dieron cita el día de ayer y con esta experiencia sumaron también autoconocimiento y momentos gratos a su vida. El reto es único para cada une de nosotres, les admiro.

Imposible verles a todas y todos pero desde aquí les mando un abrazo fuerte. :)

 

 

 

Día 156. San Francisco día 1: Bienvenida a South Market

Seguramente todos hemos visto alguna película en cuya escena inicial la, él o los protagonistas llega a un lugar nuevo con la ilusión de iniciar un proyecto, solo para encontrarse en un lugar desolado, en ruinas o decadente… ¿Ya se lo imaginaron? Pues esta fue precisamente mi experiencia en este mi tercer viaje a San Francisco. Ah ¡qué ciudad tan más bonita! Grande, y cosmopolita. Cultura, moda, historia, gastronomía, tecnología y arte por doquier. Pero como en todas partes no todo es bonito, esta vez me tenía reservada una sorpresa.

Como el único objetivo que tenía para hacer este viaje fue ir por mi sueño de correr el maratón para el cual me registré desde noviembre del año pasado, la parte de buscar un buen hotel, reservar mi vuelo y los detalles de traslado los fui posponiendo hasta que me di cuenta que las opciones de hospedaje eran cada vez mas limitadas. Tomando en cuenta que el lugar  estuviera a corta distancia de donde sería la salida de la carrera por fin reservé, pero tuve que hacerlo en un hostal, con habitación privada pero servicios compartidos. Estaba yo tan entusiasmada con mi viaje que en aquel momento no me importó.

Cuando me bajé del avión con mi mochila a la espalda todo parecía ir bien. Eran poco mas de la 1 de la tarde, el día era tal como me imaginaba, fresco, un poco nublado pero lindo. Me dirigí al área donde se esperan los transportes que te llevan a los hoteles. Hice check-in por el celular a la compañía que había contratado para mi traslado, me confirmaron por SMS, tomé asiento y esperé. Conmigo esperaba un grupo de turistas. Algunos sentados como yo, otros de pie, revisaban sus celulares, hablaban por teléfono, poco a poco fueron desapareciendo, pero yo no. Así esperé, a veces sola y a veces acompañada, por dos horas que me parecieron eternas. Cuando la batería de mi celular y mi paciencia estaban a punto de agotarse,  crucé la calle, tomé un teléfono público y llamé a la compañía. Así fue como me aclararon que aparentemente yo esperaba en el lugar equivocado y que ahí jamás irían por mí. Me dirigí a donde me instruyeron que debía esperar y afortunadamente a los  20 minutos después ya estaba a bordo de una de sus flamantes unidades y a punto de llegar donde había hecho la reservación: Europa Hostal.

 

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El trayecto no fue largo, poco menos de 30 minutos.  Cuando por fin llegamos, despues de detener la camioneta el chofer bajó, cargó mi mochila, la puso en la banqueta y antes de despedirse echó una mirada al lugar y me preguntó:
– ¿Está segura que es aquí?.

Sabía a lo que se refería. Al ver aquello también yo estaba preocupada. La fachada era horrible. Cubierta de triplays pintados en un intento bastante malo por hacerlo parecer un grafitti artístico, el lugar mas bien parecía un inmueble abandonado.
Pero aquel era el número, estabamos en la calle, y el nombre del lugar coincidía con mi destino, asi que asentí moviendo la cabeza.
-Puedo preguntar  ¿porqué se queda aquí?, – Su pregunta me dio mucho miedo. El hombre era un afroamericano en sus 50´s y tenía cara de preocupación.
Me encogí de hombros y contesté que era lo mas económico que había encontrado.
-¿Cuánto exactamente? -volvió a preguntar el buen hombre…
-Pues… como 80 dlls la noche… contesté titubeando.

Pensé que me iba a decir algo más, pero solo se limitó a contestar “Muy bien”. Se despidió de mí y se fue.

Me quedé con mi mochila en la banqueta, mirando incrédula de nuevo aquel lugar, era horrible. Revisé mi celular y me di cuenta que estaba descargado. Abrí la vieja puerta de madera del lugar y comprobé las malas condiciones en que se encontraba.

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Lo primero que vi ante mí fueron los escalones de un angosto pasillo, cubiertas de alfombra cafe oscuro desgastada y sucia. Al terminar de subir vi al fondo de un pasillo una pequeña ventanilla y una campanita, supuse que era la recepción. El lugar apestaba a suciedad y a madera podrida, estaba pobremente iluminado, las paredes estaban pintadas de un verde muy chillante y el techo era bajito, había partes donde se podían ver las instalaciones de todo. Toqué la campanilla y  miré por la ventanilla, la recepción era una minúscula habitación con una cama donde estaba sentado un muchacho negro viendo el televisor. El espacio era tan reducido que al verme solo tuvo que girar su cuerpo para atenderme. No podía creer que en este lugar  dormiría los siguientes tres días. Tenía mucho miedo de estar ahí pero qué otra cosa podía hacer en una ciudad donde no conocía a nadie. Pedí mi habitación. Para cuando me dijo lo que tenía que pagar casi lloro. Poco menos de 300 dólares por tremenda pocilga. Con todo el dolor de mi corazón saqué el dinero y se lo entregué. No tenía otro lugar a donde ir.  El joven me entregó la llave y me indicó con la mano que al final de otro pasillo, del lado izquierdo estaría mi cuarto, justo frente a los baños. Tenía las uñas cubiertas de esmalte color uva.

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Resignada a mi suerte le di las gracias y caminé rumbo a mi habitación. Mi mochila y mis pies se sentían más pesados. Abrí la puerta. El maldito olor de viejo estaba ahí también. Afortunadamente era un lugar en el que no se permitía fumar así que al menos no olía tambien a eso. La luz era tenue. Solo una cama, frente a ella un pequeño mueble donde se encontraba una vieja televisión, 3 toallas blancas y delgadas, el control, a su lado un mini refrigerador en el piso, y sobre él un horno de microondas. En la esquina, bajo la pequeña ventana un lavamanos y pegado a la pared un espejo. Eso era todo, no había ropero, ni ganchos, ni mesita de noche, nada más. Me quede de pie atonita observándolo todo. La alfombra tenia manchas de todos tamaños y colores.  Luego vi la cama.  ¿En que condiciones estaría aquello? Subi a ella mi mochila y revisé las condiciones de la colcha y las sábanas. Parecían limpias. Entre el estupor y el miedo me senté en la cama viéndolo todo. Recordé lo diferente que lucía el lugar cuando lo vi por internet. Después de un rato  me acerqué a la ventana para ver si podía abrirla para ventilar la habitación. No era posible y además al ver que daba a un pequeño descanso exterior lleno de basura mejor decidí no intentarlo mas. ¿Qué tal si había animales allá afuera? Despues volteé a ver de nuevo el cuarto y otro pensamiento mas horrible me invadió “¿Qué tal si hay animales aquí adentro?” Asustada decidí salir de aquel lugar inmediatamente, me iría a caminar por la ciudad para dejar atras esto. Ya mas tarde vería como hacía para poder descansar ahí. Ahora tenía mucha hambre, eran casi las 4 de la tarde y en todo el día solo había ingerido un pan y un café en el aeropuerto de San Diego.

Tomé la llave y mi bolsa, me aseguré de cerrar bien el cuarto y salí de prisa.

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Al empezar a caminar me ubiqué, estaba en el barrio mas feo del centro de San Francisco: South Market, donde abundan las personas indigentes, a tan solo 3 cuadras de la bonita y transitada calle Market, que es como el equivalente de la Avenida Reforma de la ciudad de México. Apesadumbrada por mi mala elección y pensando como sería mi estancia seguí caminando sin rumbo fijo en línea recta. Observaba edificios, echaba un vistazo a los aparadores pero sin detenerme. Veía a la gente caminar. Empecé a sentir el viento frío.

De pronto, me di cuenta que hasta ahí llegaba esa calle y me encontraba ahora en Embarcadero y Market Street. Revisé los papeles que traía en mi bolsa de la confirmación de la carrera. Estaba parada justo en el lugar de salida.

Respiré profundo, observe todo alrededor imaginando la escena y la determinación regresó a mí. A pesar de todo, lo haría. Sin importar lo demás había llegado.

Día 155. This is it

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This is it. Ahora sí, ya me voy.

Hace 6 años mientras tomaba unas vacaciones con mi hija en San Francisco California, me enteré que una semana antes se había realizado en esa ciudad un maratón. Desde entonces me propuse que algun dìa lo correría. Mañana regreso después de todo este tiempo y este domingo será “ese” día.

Esta vez viajo sola. Mi principal objetivo,  es ese, correr esas 26.2 millas (ya me voy mentalizando en millas) Tengo meses planeando este viaje. En mayo empecé a entrenar para ello. Estoy emocionada y también nerviosa. Aunque el clima allá es muy benévolo para correr sé que la ruta no será nada fácil, me esperan muchas cuestas.

Tambien sé que no es Guachochi, ni el maratón de Boston o algo así muy grande o famoso, pero esto es grande e importante para mí y con eso me basta. Ha significado mucho trabajo de preparación, mental, física, económica, de todo. Pero es un regalo que me doy, que me ha costado. Hasta mis cerritos he tenido que dejar para prepararme, cómo los extraño. Sé que va a valer la pena. Voy a mi cita con mi sueño y no debo fallarme. Me desapego por algunos días de todo lo que amo y conozco solo para encontrarme conmigo.

Será una gran aventura. Por más que veo y veo la ruta en el sitio web del evento, en parte sé que voy a lo desconocido.

Creo que estaré incomunicada la mayor parte del tiempo. No tengo plan de datos para Estados Unidos así que el tiempo que no esté conectada a alguna red de Wi-Fi lo dedicare a absorber lo mas que pueda de esta experiencia para escribirlo. Ya les contaré.

No me deseen suerte, deseenme mucha dicha, voy por ella.  Hasta pronto.

 

Día 127. Cancionero del amor

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Cuando estaba en la preparatoria, tuve un noviazgo muy breve con un muchacho llamado Marcos. Iba en mi salón, y decía estar perdidamente enamorado de mí. Escribía largas cartas en las que copiaba completita y sin anotaciones propias la letra de las canciones mas románticas y apasionadas del momento. Me regalaba una carta diaria. Tenía cartas de Roberto Carlos, de Jose Jose, Miguel Bose, Camilo Sesto, Roberto Cantoral, Emmanuel, entre otros.. todas escritas de su puño y letra en hojas blancas tamaño carta.

Realmente yo no entendía aquello. A mis 15 años, las leía y no podia pensar en otra cosa que su falta de creatividad y de iniciativa. No tenían nada de especial para mí, las guardaba en un cajón como quien guarda un recibo del super mercado.

Mis aspiraciones amorosas iban muchísimo más allá de unas cuantas palabras bonitas copiadas de un cancionero.

 

Día 105. Cecilia Ferezzi

Recuerdo que una mañana, cuando cursaba el 4to grado en el Instituto Progreso, nos presentaron a una niña nueva en el salón.

Yo la vi desde que hacíamos la formación en el patio, en la fila de las niñas del 4to B. Era flaca como yo, pero mucho mas alta y no hallaba donde ponerse. Era extraña, tenía una expresión en su cara como si estuviera a punto de soltar el llanto. Además sobresalía porque no traía el cabello relamido ni adornado con un gran moño blanco como todas las demás. Su cabello lacio y café oscuro hasta los hombros le cubría parte de la cara. También iba mal vestida, con calcetas amarillentas que se le escurrían hasta los tobillos y el uniforme arrugado.

Como hacíamos todos los días, entramos formados al salón y cada uno se quedó de pie a un lado de su pupitre para comenzar a rezar, pero aquella mañana antes de hacerlo la madre Lourdes se paró frente al pizarrón, la tomó por el hombro y nos dijo que Cecilia Ferezzi sería nuestra nueva compañera por lo que restaba del ciclo escolar. “Quiero que sean buenos con ella, acaban de fallecer sus padres y necesita tener buenos amigos aquí”. Esa frase me impactó. De pronto entendí porqué lucía así. No tenía mamá que la peinara como mi mamá me peinaba a mí. Sentí una profunda tristeza por ella.

A pesar de que hicimos el intento para que jugara con nosotras, la Ferezzi nunca se pudo adaptar. Era muy callada, siempre andaba sola y sacaba malas calificaciones. Nunca hizo amigas, nunca mejoró su aspecto y nunca dejó de tener la misma expresión triste en el rostro. No recuerdo haberla visto sonreír.

Estuvo con nosotros solamente ese año. Después de eso nunca mas la volví a ver o a saber de ella.